martes, 2 de septiembre de 2025
Miel para los muertos
lunes, 1 de septiembre de 2025
Versos a lo desconocido
Siento el desarraigo arraigado
en las entrañas;
debajo de las mantas,
hundiéndome el colchón
como tu flota azul
mediterránea.
Azul como tu tierra,
tu mar,
mis celos y tus cielos.
Mis sueños en la playa,
salados como lágrimas,
te cubren como un manto
de estrellaa.
De barras.
De puentes y murallas
que debiste atravesar
sin remedio,
sin anhelo;
con el miedo por paraguas.
Tu pecho desnudo por almohada
y mi calma se destroza.
Qué poco me cuestan los versos
a lo desconocido.
sábado, 12 de abril de 2025
Entre líneas
Echo de menos tener un cuaderno. Mi cuaderno y mi pluma... Algo que esconder, algo por lo que sentir vergüenza y, al mismo tiempo, orgullo.
Las comas tienen su función real en el texto: sustituyen lo que el autor omitió deliberadamente. Pero solo me doy cuenta al escribir. Tinta sobre papel, y no hay secreto que se resista ni que El texto de Barthes oculte.
El mundo es un gran texto. Todo lo es y, ¿la vida? La vida se lee entre líneas. Así me sentía colgada entre la barra y el suelo: vertical. Vertical, suspendida y agarrada con la punta de los dedos. Aferrada a tus ojos vacíos. Entre tú y el mundo; entre líneas.
Tiendo a la sangría francesa, lo cual resulta irritante. Es tedioso localizar las propias tendencias. Si penetran en ellas, me encontrarán abatida y rota, somnolienta. Es fácil sentirlo. Es sencillo utilizarlo para capturarme. Para capturar la poca libertad que me queda. Siempre será poca...
También tiendo a la subordinada, a no saber ponerle a mi vida puntos útiles; a sentenciar. Por contra, estoy acostumbrada a tirarme del brazo izquierdo con el derecho para darle otra vuelta más a la oración, a la situación, a la circunstancia.
Y, también, al texto en bruto. Me fascina, no me da miedo reconocerlo. Estampar los errores (mis errores), es mucho más íntimo que quitarse la ropa. Enmarcar la desnudez emocional y permanecer así, para siempre, expuesta a lo que no se ve. Expuesta, en cuerpo y alma, despeja la mente y alivia el corazón. Débil, vulnerable, a los pies del mundo. Pero fuerte ante mis demonios.
Cuando mi vida entera transcurre en diálogo constante conmigo misma percibo todas mis caras. Me encuentro con mis contradicciones, y me abruma tener que elegir. Porque desechar una, solo una, implica perderme.
No quiero perderme.
Y a ti tampoco.
domingo, 9 de marzo de 2025
Beautiful liar
- I don’t wanna die. Not now… I have barely found you.
I took his hand between mine. It was cold.
- What are you feeling? Are you painful?
- I think so. For the first time since years ago.
He was calm, but I couldn’t stand it anymore and cried. I cried a lot wetting his bandages.
- Please, don’t go. Don’t let me alone.
- Please, my dear… make me a favor. Don’t love me, because I do. You don’t deserve being sad, not for my fault. Give me that present.
I pressed his rough hand a little bit more. Then he took mine to his silver lips and I felt his trembling kiss burning my soul. And I had to lie.
- I’ll try.
- Thank you
But I would have died with him.
jueves, 25 de enero de 2024
Avenida de la Morera
La última vez que escribí ni siquiera te conocía. A ti, sí. Tú, que escribes con faltas de ortografía, ayúdame a reorganizar los apuntes de una vida. Tú, inconstante como la calma, impredecible como un animal encerrado, desestructuras los sentidos comunes y rechazas la línea recta, cállate y escucha.
En el tejado anidan aves pequeñas, ahí mismo, asomadas al vacío desde la tranquilidad de su alcoba en una antena vieja de televisión analógica. En tu barrio hay pocos gatos callejeros para tantas calles ratonera. Doblando la esquina, una sirena porque alguien está vendiendo droga, y otros aquí metidos, cultivando adicciones clandestinas. Insalubres en tu cama. Son las tantas de la madrugada y qué mañana me espera en la oficina.
Si las perras se pelan de frío, en tu bolsillo, será porque preferiste cocinar en casa y no cenar fuera. Aunque no sepas ni cortar una patata. Mañana iremos a misa, y luego [...]. Esto último lo habré borrado, pero necesitaba verbalizarlo. A lo mejor si te veo por escrito desmitifico tus atributos.
Ya no sé pensar sin temer tus miedos, jugar tus cartas y escapar de mis sueños de pantalla verde. Ponte el pijama y llévame a bailar.
Y no volvamos a pisar este código postal.
viernes, 28 de mayo de 2021
La mujer
¿Perdió?
Todo lo que un ser humano podía perder, excepto la vida. Nació y
vivió en una opresión perpetua. El llanto quebró su aliento en muchas ocasiones.
Tantas que aprendió a empujarlo hacia el fondo de su garganta con un solo
suspiro.
¿Y dolió?
Como una soga alrededor del cuello. Pero se hizo consciente. Jamás permitió
que volvieran arrodillados. Ella no era ninguna diosa. Ningún santo al que
rezar. Tan solo una mujer que tuvo que luchar y supo sobrevivir.
¿La conocías?
Tanto como a mí misma. Aquí fuera las estrellas no quitan el frío.
Llévame a bailar.
sábado, 10 de octubre de 2020
La lucha cuerpo a cuerpo
La lucha cuerpo a cuerpo siempre pone las emociones a flor de
piel. Conozco guerreros a quienes excita el olor a sangre fresca; otros sienten
náuseas; y a otros nos sube la adrenalina. Pero nunca, jamás, he oído de
alguien apático al extremo de no sentir nada.
Las armas siempre dan ventaja y evitan que se despellejen los
nudillos. Se trata, además, de un universo muy polivalente: cualquier objeto
adecuadamente empleado puede convertirse en arma letal. Una vez estuve al borde
de la asfixia por culpa de un perrito de peluche. Suave, indigesto, blandito.
Se amoldaba a la perfección con todos los orificios de mi cara. Logré
desprenderme de su abrazo casi al borde del colapso, cuando salen las fuerzas
de flaqueza, las que dan la supervivencia. Claro que entonces tenía siete años
y, seguramente, mi primo pesaba mucho menos que el hombre que me persigue por
la tierra seca, levantando polvo.
Llevo demasiados años aprendiendo a huir. No me considero
especialmente lenta. Conozco el terreno como para trazarme un mapa en la palma
de la mano mirando para otro lado. Cualquiera diría que las tengo todas conmigo
si no fuera porque hoy sea lo que sea lo que me persigue, viene en una Harley
Davidson empolvorizada. No tardará mucho en adelantarme, y entonces tendré que
ser más rápida que él en la elección de armas. Las piedras son más duras y letales
que la madera, pero un buen palo es más manejable. Ya me las apañaría para
rematar cuando lo tuviera acorralado.
La moto me adelanta por la izquierda y frena en seco a
escasos metros, obligándome a detenerme. Miro a mi alrededor desesperada: no
hay nada que me sirva para multiplicar mi fuerza, solamente algunos cantos y
guijarros pulidos. Viene hacia mí. Distingo entre los pliegues de su gabardina
negra la culata de la pistola. En el rostro solo se ven dos ojos negros, tristes
y vacíos de los que apenas puedo extraer datos con los que construirle
prejuicios. Este no es un juego justo. Me analiza la parte del rostro que tengo
libre: ojos, cejas y frente. El pelo lacio me cae sobre la cara, despeinado. El
buen observador podría intuir mi cuarto de siglo, tal vez, incluso dejarse
engañar por estatura y complexión. Se entrevé su ceño fruncido.
A la desesperada agarro la piedra más gorda que tengo
delante, dispuesta a lanzarla en su dirección, apuntando a la cabeza, en
cualquier instante. En un gesto noble, arroja el revolver al suelo, a un lado.
Quiere una pelea, si no justa, al menos con igualdad de aras. Elije sus propias
manos. Logro esquivar un par de golpes antes de pasarle la espinilla derecha. Es
fuerte, sus movimientos son rápidos. La opción más factible es escapar, aunque
con la moto me alcanzaría en pocos minutos. ¿Y si intento robarla?
Antes de que pueda pensar nada más él se ha recuperado del
dolor de mi golpe. Corre detrás de mí gritando con voz ronca.
— ¡Quieta!
Y yo conozco esa voz. La conozco demasiado bien, pese a
llevar años sin escucharla. Me detengo casi en seco. Él me agarra pasándome un brazo
por delante del cuello y otro por la cintura. Me asfixia. Me inmoviliza. Me tumba
en el suelo y se coloca encima de mí. Entonces pronuncio su nombre, despacio,
tan claramente como me lo permite la escasa cantidad de aire que circula por
mis pulmones.
Afloja las presiones y se quita el pasamontañas de un tirón. Aparece
aquel rostro que una década antes me era tan conocido, con más arrugas y más
ojeras. Con la respiración entrecortada.
—
¿Me
conoces?
—
Te
reconocería en cualquier parte.
Es evidente que él a mí no. Que de los quince a los
veinticinco las personas cambiamos más que de los cuarenta a los cincuenta. Me arranca
la mascarilla y esos ojos vacíos recuperan un brillo perdido entre dos siglos.
Y ya no supo decir nada.
—
¿No
era la vida cuestión de rentabilidad?
—
Tú
tampoco eras rentable.