Echo de menos tener un cuaderno. Mi cuaderno y mi pluma... Algo que esconder, algo por lo que sentir vergüenza y, al mismo tiempo, orgullo.
Las comas tienen su función real en el texto: sustituyen lo que el autor omitió deliberadamente. Pero solo me doy cuenta al escribir. Tinta sobre papel, y no hay secreto que se resista ni que El texto de Barthes oculte.
El mundo es un gran texto. Todo lo es y, ¿la vida? La vida se lee entre líneas. Así me sentía colgada entre la barra y el suelo: vertical. Vertical, suspendida y agarrada con la punta de los dedos. Aferrada a tus ojos vacíos. Entre tú y el mundo; entre líneas.
Tiendo a la sangría francesa, lo cual resulta irritante. Es tedioso localizar las propias tendencias. Si penetran en ellas, me encontrarán abatida y rota, somnolienta. Es fácil sentirlo. Es sencillo utilizarlo para capturarme. Para capturar la poca libertad que me queda. Siempre será poca...
También tiendo a la subordinada, a no saber ponerle a mi vida puntos útiles; a sentenciar. Por contra, estoy acostumbrada a tirarme del brazo izquierdo con el derecho para darle otra vuelta más a la oración, a la situación, a la circunstancia.
Y, también, al texto en bruto. Me fascina, no me da miedo reconocerlo. Estampar los errores (mis errores), es mucho más íntimo que quitarse la ropa. Enmarcar la desnudez emocional y permanecer así, para siempre, expuesta a lo que no se ve. Expuesta, en cuerpo y alma, despeja la mente y alivia el corazón. Débil, vulnerable, a los pies del mundo. Pero fuerte ante mis demonios.
Cuando mi vida entera transcurre en diálogo constante conmigo misma percibo todas mis caras. Me encuentro con mis contradicciones, y me abruma tener que elegir. Porque desechar una, solo una, implica perderme.
No quiero perderme.
Y a ti tampoco.
Revenge.
No hay comentarios:
Publicar un comentario