miércoles, 3 de junio de 2026

Lágrimas del Este.

La poesía ya no dibuja, no traza

lo suficiente. 

La sombra del autor 

enmudece. 

En un mundo que 

entre formas oscuras

languidece. 


Por qué aquella esquela 

ya no merece

la pena, ni la gloria

de un sueño que

se desvanece. 


Desaparece. 

detrás del velo, 

más allá de la muerte; 

de las lágrimas 

del Este. 


El loco y el cuerdo 

blancas y negras

rojos y azules. 

Qué oposita, qué acontece. 

Sentir los contrarios a una 

sola línea del poniente. 


¿Sigues ahí…? 

No, ya nunca estás

cuando te busco en el recuerdo 

de la página en blanco. 


Regresa. Si una vez fuiste

no has podido ir demasiado

lejos. 


Llora, mientras arda el Mediterráneo.


miércoles, 3 de septiembre de 2025

Un corazón en un tarro de tierra

Mi vida... ¿vienes por mí?
No sé cómo llegué hasta aquí.
Aún trato de entenderlo, 
tu mirada vacía; 
mi pecho hueco. 
Tu intentando renacer y yo 
escapando del vacío 
por los pelos. 
Aunque muchos no lo entiendan 
el miedo también mece las mareas.
Agárrate al timón 
que la cubierta resbala. 
No quieres más amor, 
¿Cuál fue la traición 
que te hizo arrancarte
el corazón? 
Recojo los pedazos
en que te rompes
cuando hablas entre risas.
Cuando el dolor se disfraza 
de carcajada
por pura agonía.
Por esa herida
que el tiempo no cierra. 
¿Cuál va a ser tu suerte?
Mi corazón será tuyo 
para siempre. 

martes, 2 de septiembre de 2025

Miel para los muertos

Estás en línea.
Te pienso y me arrepiento.
¿Por qué no llamarás?
¿Por qué no quiero 
que lo hagas?
Porque me muero de ganas. 
Camino hacia el sur 
porque he perdido el norte: 
sin frenos y cuesta abajo.
Costó
pero aprendí a no buscarte.
Dicen que la ansiedad 
no es buena;
pero me arropa por las noches.
Cuando dudo de todo, 
cuando no quiero más, 
me anima a contestar ese whatsapp.
Las faltas de ortografía
me hacen recordar
esa sonrisa retorcida. 
Me revuelvo el pelo 
y me duele la vida
porque enterré la perfección
en este mundo imperfecto.
La luna no llora
miel para los muertos.

lunes, 1 de septiembre de 2025

Versos a lo desconocido

Siento el desarraigo arraigado

en las entrañas; 

debajo de las mantas, 

hundiéndome el colchón

como tu flota azul

mediterránea. 

Azul como tu tierra, 

tu mar, 

mis celos y tus cielos.

Mis sueños en la playa, 

salados como lágrimas, 

te cubren como un manto

de estrellaa. 

De barras.

De puentes y murallas

que debiste atravesar

sin remedio, 

sin anhelo; 

con el miedo por paraguas.

Tu pecho desnudo por almohada 

y mi calma se destroza.

Qué poco me cuestan los versos

a lo desconocido.


sábado, 12 de abril de 2025

Entre líneas

Echo de menos tener un cuaderno. Mi cuaderno y mi pluma... Algo que esconder, algo por lo que sentir vergüenza y, al mismo tiempo, orgullo. 

Las comas tienen su función real en el texto: sustituyen lo que el autor omitió deliberadamente. Pero solo me doy cuenta al escribir. Tinta sobre papel, y no hay secreto que se resista ni que El texto de Barthes oculte. 

El mundo es un gran texto. Todo lo es y, ¿la vida? La vida se lee entre líneas. Así me sentía colgada entre la barra y el suelo: vertical. Vertical, suspendida y agarrada con la punta de los dedos. Aferrada a tus ojos vacíos. Entre tú y el mundo; entre líneas. 

Tiendo a la sangría francesa, lo cual resulta irritante. Es tedioso localizar las propias tendencias. Si penetran en ellas, me encontrarán abatida y rota, somnolienta. Es fácil sentirlo. Es sencillo utilizarlo para capturarme. Para capturar la poca libertad que me queda. Siempre será poca...

También tiendo a la subordinada, a no saber ponerle a mi vida puntos útiles; a sentenciar. Por contra, estoy acostumbrada a tirarme del brazo izquierdo con el derecho para darle otra vuelta más a la oración, a la situación, a la circunstancia. 

Y, también, al texto en bruto. Me fascina, no me da miedo reconocerlo. Estampar los errores (mis errores), es mucho más íntimo que quitarse la ropa. Enmarcar la desnudez emocional y permanecer así, para siempre, expuesta a lo que no se ve. Expuesta, en cuerpo y alma, despeja la mente y alivia el corazón. Débil, vulnerable, a los pies del mundo. Pero fuerte ante mis demonios. 

Cuando mi vida entera transcurre en diálogo constante conmigo misma percibo todas mis caras. Me encuentro con mis contradicciones, y me abruma tener que elegir. Porque desechar una, solo una, implica perderme. 

No quiero perderme.

Y a ti tampoco. 


domingo, 9 de marzo de 2025

Beautiful liar

 - I don’t wanna die. Not now… I have barely found you. 

I took his hand between mine. It was cold. 

- What are you feeling? Are you painful? 

- I think so. For the first time since years ago. 

He was calm, but I couldn’t stand it anymore and cried. I cried a lot wetting his bandages.

- Please, don’t go. Don’t let me alone. 

- Please, my dear… make me a favor. Don’t love me, because I do. You don’t deserve being sad, not for my fault. Give me that present. 

I pressed his rough hand a little bit more. Then he took mine to his silver lips and I felt his trembling kiss burning my soul. And I had to lie.

- I’ll try. 

- Thank you 

But I would have died with him. 

jueves, 25 de enero de 2024

Avenida de la Morera

La última vez que escribí ni siquiera te conocía. A ti, sí. Tú, que escribes con faltas de ortografía,  ayúdame a reorganizar los apuntes de una vida. Tú, inconstante como la calma, impredecible como un animal encerrado, desestructuras los sentidos comunes y rechazas la línea recta, cállate y escucha. 

En el tejado anidan aves pequeñas, ahí mismo, asomadas al vacío desde la tranquilidad de su alcoba en una antena vieja de televisión analógica. En tu barrio hay pocos gatos callejeros para tantas calles ratonera. Doblando la esquina, una sirena porque alguien está vendiendo droga, y otros aquí metidos, cultivando adicciones clandestinas. Insalubres en tu cama. Son las tantas de la madrugada y qué mañana me espera en la oficina. 

Si las perras se pelan de frío, en tu bolsillo, será porque preferiste cocinar en casa y no cenar fuera. Aunque no sepas ni cortar una patata. Mañana iremos a misa, y luego [...]. Esto último lo habré borrado, pero necesitaba verbalizarlo. A lo mejor si te veo por escrito desmitifico tus atributos. 

Ya no sé pensar sin temer tus miedos, jugar tus cartas y escapar de mis sueños de pantalla verde. Ponte el pijama y llévame a bailar. 

Y no volvamos a pisar este código postal. 

viernes, 28 de mayo de 2021

La mujer

 

¿Perdió?

Todo lo que un ser humano podía perder, excepto la vida. Nació y vivió en una opresión perpetua. El llanto quebró su aliento en muchas ocasiones. Tantas que aprendió a empujarlo hacia el fondo de su garganta con un solo suspiro.

¿Y dolió?

Como una soga alrededor del cuello. Pero se hizo consciente. Jamás permitió que volvieran arrodillados. Ella no era ninguna diosa. Ningún santo al que rezar. Tan solo una mujer que tuvo que luchar y supo sobrevivir.

¿La conocías?

Tanto como a mí misma. Aquí fuera las estrellas no quitan el frío. Llévame a bailar.

sábado, 10 de octubre de 2020

La lucha cuerpo a cuerpo

 

La lucha cuerpo a cuerpo siempre pone las emociones a flor de piel. Conozco guerreros a quienes excita el olor a sangre fresca; otros sienten náuseas; y a otros nos sube la adrenalina. Pero nunca, jamás, he oído de alguien apático al extremo de no sentir nada.

Las armas siempre dan ventaja y evitan que se despellejen los nudillos. Se trata, además, de un universo muy polivalente: cualquier objeto adecuadamente empleado puede convertirse en arma letal. Una vez estuve al borde de la asfixia por culpa de un perrito de peluche. Suave, indigesto, blandito. Se amoldaba a la perfección con todos los orificios de mi cara. Logré desprenderme de su abrazo casi al borde del colapso, cuando salen las fuerzas de flaqueza, las que dan la supervivencia. Claro que entonces tenía siete años y, seguramente, mi primo pesaba mucho menos que el hombre que me persigue por la tierra seca, levantando polvo.

Llevo demasiados años aprendiendo a huir. No me considero especialmente lenta. Conozco el terreno como para trazarme un mapa en la palma de la mano mirando para otro lado. Cualquiera diría que las tengo todas conmigo si no fuera porque hoy sea lo que sea lo que me persigue, viene en una Harley Davidson empolvorizada. No tardará mucho en adelantarme, y entonces tendré que ser más rápida que él en la elección de armas. Las piedras son más duras y letales que la madera, pero un buen palo es más manejable. Ya me las apañaría para rematar cuando lo tuviera acorralado.

La moto me adelanta por la izquierda y frena en seco a escasos metros, obligándome a detenerme. Miro a mi alrededor desesperada: no hay nada que me sirva para multiplicar mi fuerza, solamente algunos cantos y guijarros pulidos. Viene hacia mí. Distingo entre los pliegues de su gabardina negra la culata de la pistola. En el rostro solo se ven dos ojos negros, tristes y vacíos de los que apenas puedo extraer datos con los que construirle prejuicios. Este no es un juego justo. Me analiza la parte del rostro que tengo libre: ojos, cejas y frente. El pelo lacio me cae sobre la cara, despeinado. El buen observador podría intuir mi cuarto de siglo, tal vez, incluso dejarse engañar por estatura y complexión. Se entrevé su ceño fruncido.

A la desesperada agarro la piedra más gorda que tengo delante, dispuesta a lanzarla en su dirección, apuntando a la cabeza, en cualquier instante. En un gesto noble, arroja el revolver al suelo, a un lado. Quiere una pelea, si no justa, al menos con igualdad de aras. Elije sus propias manos. Logro esquivar un par de golpes antes de pasarle la espinilla derecha. Es fuerte, sus movimientos son rápidos. La opción más factible es escapar, aunque con la moto me alcanzaría en pocos minutos. ¿Y si intento robarla?

Antes de que pueda pensar nada más él se ha recuperado del dolor de mi golpe. Corre detrás de mí gritando con voz ronca.

   ¡Quieta!

Y yo conozco esa voz. La conozco demasiado bien, pese a llevar años sin escucharla. Me detengo casi en seco. Él me agarra pasándome un brazo por delante del cuello y otro por la cintura. Me asfixia. Me inmoviliza. Me tumba en el suelo y se coloca encima de mí. Entonces pronuncio su nombre, despacio, tan claramente como me lo permite la escasa cantidad de aire que circula por mis pulmones.

Afloja las presiones y se quita el pasamontañas de un tirón. Aparece aquel rostro que una década antes me era tan conocido, con más arrugas y más ojeras. Con la respiración entrecortada.

   ¿Me conoces?

   Te reconocería en cualquier parte.

Es evidente que él a mí no. Que de los quince a los veinticinco las personas cambiamos más que de los cuarenta a los cincuenta. Me arranca la mascarilla y esos ojos vacíos recuperan un brillo perdido entre dos siglos. Y ya no supo decir nada.

   ¿No era la vida cuestión de rentabilidad?

   Tú tampoco eras rentable.

martes, 14 de julio de 2020

Diálogos: #3

Un día regresó el universo a sus orígenes. Dante regresó al infierno, que una vez más la tentaba a convertirse en soberana. Y Galileo ya no fue más Galileo. El mundo dio una vuelta y aquellos ojos que observaban con avidez el infinito quedaron en las antípodas de la primera noche. Nunca fue la primera, pero quedó grabada en el subsuelo y en la bóveda celeste, como su mirada.
   Te quería.
   De quererme nunca se hubiera ido.
Galileo se decía a sí mismo cada noche lo que pasaría a partir de ahora. Pero en el infierno no hay ahora del que partir. Dicen que la eternidad se encuentra en el momento presente y, si es cierto, Dante no volverá a envejecer un solo día. Sentada en su trono lamenta que el mundo gire.
   Te quería.
   Entonces no me habría dejado marchar.
Aquel espasmo congelado. Hacía frío fuera de la cocina. Recordaban aquella riña verbal dichosa cansados de no saber nunca qué quieren. Pero ya casi amanecía y a Galileo se le borraban las estrellas del cielo.
   ¿Cuántas veces rezo al día?
   ¿Cuántas vueltas da el sol antes de ponerse?
   ¿Y si no vuelvo a teñirme el pelo?
   No le robes la vida a más estrellas.
Silencio. Cuantísimo silencio.
   Tienes la boca llena de esquirlas
   Antes me importaba.
Y más y más silencios.
   No puedo decirte eso.
   ¿Por qué no?
   Implica demasiadas cosas.
   Me buscan los retos, y más si son lógicos.
   Este reto no es para nosotros. Es la mayor de las contradicciones.
A veces lo que es deja de ser lo que es, y empieza a ser otra cosa. Y explota en pedazos el universo conocido. Cuídate, Galileo, de esa condenada lógica que traza los límites del mundo. Lo real es lo pensable, y solo lo demás queda fuera, limitando la contradicción. 

miércoles, 6 de mayo de 2020

Diálogos: #2

El Diluvio Universal baña las calles. Dentro de la cocina estalla la tormenta.
Así lo sentía Dante, y tal vez no se equivocaba. Algo fue pensado para ella: un papel con el que tenía que cumplir, sin remedio. Un demonio más cruzando el Aqueronte... ¡al encuentro de carne fresca! Y todo esto: este mundo, su moralidad desgastada. Todo ajeno a su voluntad. 
Pero el mismísimo Lucifer se rebeló, puso el cielo patas arriba, por el libre albedrío. Ella también estaba dispuesta (tenía que estarlo) a hacerlo todo pedazos. Quizá nadie pueda elegir cómo se siente, ni siquiera estar preparado para lo que ha de venir, sin remedio. Sin embargo, en la esfera de la conducta, todavía tiene lugar el acto libre a pesar de uno mismo. 
Comienza entonces su cruzada.
   ¿Qué locura has inventado esta mañana?
   Yo no invento nunca nada, y menos locuras: eso es de locos. Todo está ahí, como flotando.
   Ah, ¿sí? ¿Estás completamente seguro? —cambia el gesto. Se acerca lentamente: no le permitirá seguir esquivando proyectiles.
   Por supuesto –con suficiencia Galileo da una larga calada a su cigarro—. ¿Te importaría pasarme la pluma?
Dante obedece, sin olvidar ni por un segundo su propósito. Tal vez fuera buena idea meditar las preguntas, elegir las exactas. En nada le beneficiaba dar un nuevo motivo a Galileo para que se le ocurriera alguna genialidad o conjetura sobre si estaba o no perdiendo el juicio. Pero no puede resistirse.
   ¿Qué me dices de lo que hay allí abajo? Todo eso… ¿también flota?
   ¿Dónde es allí abajo?
Galileo la mira directamente a los ojos, y no la encuentra. Dante no está aquí; está en otro lugar. No están sus pupilas, solo brilla en el vacío el fuego de otros tiempos. Fluyen ríos salados por sus mejillas ruborizadas, abrasándolas como lava.
   ¿Qué hay allí, Dante?
   Frío y lamentaciones.
Del desconcierto pasó a la ternura, y parecía empezar a entender su infierno. Él escucha la sinfonía de un Dios en el que nunca ha creído. No depende de que exista o no exista. Eso es irrelevante: importa porque le duele.
   Podría protegerte del frío –en realidad no se le ocurriría nada mejor que hacer o decir.
 Frío y fuego. Aunque te cueste creerlo, necesito que confíes en mí: la contradicción es soportable. Pero no lo es el miedo. No para mí.
Detrás de esos grandes y oscuros ojos seguía sin estar Dante. No sabía si habría algo o habría nada.
   ¿Qué puede ser tan malo, que trae al presente lo ausente?
   El día que nací mi madre dio a luz a dos gemelos: nací yo, y nació el miedo. Y ya nunca pudimos separarnos.
   Así nació el Leviatán.
Ahí va el fuego de otros tiempos. Agarra Dante la mano a Galileo.
   Tú hazme feliz con tus juegos lógicos.
   Con mis mentiras, querrás decir.
La sonrisa vuelve a sus labios y, cuando le redibuja el rostro, rescata del infierno su mirada.
   Entonces juguemos a contar bonitas mentiras por un rato.
   ¿La lógica no es ya lo suficientemente bella?
   La belleza no necesita ser pensada…
   … la belleza sobreviene
Dante besa suave y fugazmente sus labios. Sin alejarse más de lo estrictamente necesario, revela:
   Has acertado.
Allí estaba Dante. Tentadora, con el universo en sus manos y un secreto (a gritos) inconfesable. Como caída del cielo. Entonces Galileo dejó de jugar y de mentir. Al menos por ese instante de belleza sobrevenida.
Forzados a vivir del recuerdo es difícil respirar el nuevo día. Pero aquel día era suyo. Solamente suyo. Y ella, su noche más profunda y hermosa. 

viernes, 27 de marzo de 2020

Diálogos: #1


   Pareces cansada.
   He tenido días mejores.
   Y peores –puntualiza Galileo con el dedo índice en alto. ¿La respuesta de Dante? Como siempre: sus grandes ojos puestos en blanco.
   Galileo, tengo la sensación de que cada día que pasa te vuelves más y más cegato.
   Lo dices por el telescopio. Tranquila, la ironía de tus palabras solo consigue abrirme más los ojos.
Dante resopla significando claramente y sin tapujos su irritación. Y es que, a veces, la conversación con un maestro de la palabra y el número exacto podía resultar exasperante.
   ¿No te cansas de tener todo el día la cabeza en las estrellas?
   ¿Sabes? Podría decirte lo contrario y, sin embargo, realmente implicaría lo mismo.
Ella permanece callada a la espera de la siguiente genialidad: ¡qué le vamos a hacer! Tratar con genios tiene este tipo de contraindicaciones. Galileo, pese a la expectación de la muchacha enfurruñada y pese a ser muy consciente de ella, continúa mirando al cielo con su catalejo.
   ¿Qué? Vamos, suéltalo de una vez.
   Que por una vez, solo por una vez, podrías subir a La Tierra, levantar los ojos y echar un vistazo a algo que esté por encima de tu cabeza.
Se levanta con los brazos en jarras y, alzando el tono de voz, trata de pararle los pies. Ya ha hecho esto antes. Ya le había costado perdonarle otros comentarios hirientes. Parecía que le costaba entender. Le costaba entender demasiadas cosas.
   Estas consiguiendo enfadarme.
   ¿Te enfada que crea que eres una egocéntrica? ¿O quizá es miedo a descubrir que lo eres?
   Se acabó. No pienso seguirte el juego: esta vez no. Hasta mañana, genio.
Cuando ya parecía que había algo más dentro de esa mente enmarañada de cifras, volvía a tropezar con la soberbia. ¿O tal vez no? Dante comienza a caminar, dispuesta a , nunca más, mirar al cielo, solo por molestarle. Entonces escucha a Galileo tomar aire y exhalar profundamente.
   No creo que seas egocéntrica, ni estúpida, ni tantas otras cosas que crees que te considero.
Se detiene. Parece que intenta paliar los efectos adversos de sus sermones. Esos que se traducen en inseguridades para Dante.
   ¿Entonces?
   Solamente digo que debe ser agotador no saber nunca lo que se quiere.
Con ese jarro de agua fría no hay más remedio que retrogradar hasta su lado y pararse a contemplar.
   Es bonito, en realidad…
   Desde luego que lo es.

sábado, 21 de marzo de 2020

Séptimo día


Somos cadáveres andantes. A veces, expuestos
al sol.

Miro al cielo y no pienso, no imagino
porque en nada hay que pensar o imaginar.
Porque no queda nada que salvar;
o tal vez nunca lo haya habido.

Las horas se acumulan entre los números romanos
de un antiguo reloj de sol.
Las luces, las sombras las barren como virutas.
Estaba gravado en piedra que al final, siempre, todo
saldrá bien. Pero la realidad se ha cansado
de fingir y ahora habla sin tapujos.
La vida tiene razones y dice la verdad.

Somos lo que merecemos ser y, sin embargo,
aún maldecimos. Aún condenamos
que sea tan injusta.
La vida…
Créame: la vida tiene razón
en todos los casos”.

domingo, 1 de marzo de 2020

Galileo: Dante

Si tan solo tuviera algo sentido. Algo. La última rama que pisó en aquel bosque, rodeado de bestias y de maleza. Algo. Si la naturaleza ofreciera consuelo a la miseria de un último beso. 
Si de las llamas naciera algo, lo que fuera, tal vez una vuelta de tuerca mostraría una ruina menos cochambrosa. Pero no. El mundo baila y da vueltas. Se disuelve en un  tornado de cenizas. Dante estuvo aquí. Siento su calma en el ojo de la tormenta. Tan vacío, tan quieto. Sus ojos, tan negros... Dieron a luz un nuevo universo. 
Arden cerebro y corazón, y el caos se desata. Hablaban en el pánico de la quietud de los tiempos. Ella me mira y se detiene. Todo se detiene. Y, sin embargo, se mueve. 
Durante toda mi vida fui testigo de más y más caos, más y más miedo. Pero pasaría los restos, cuanto me quede, buscando belleza y armonía. Y no me habría equivocado. 

jueves, 6 de febrero de 2020

Pretextos: Alicia a través del espejo


“Eso demuestra que hay trescientos sesenta y cuatro días en los que podrías tener regalos de no-cumpleaños-”
“Es cierto”, dijo Alicia.
“Y, como sabes, solo uno para los regalos de cumpleaños. ¡He ahí gloria para ti!”
“No sé qué significa ‘gloria’ para ti,” dijo Alicia.
Humpty Dumpty sonrió desdeñosamente. “Por supuesto que no lo sabes –hasta que yo te lo diga. Significa: ‘¡He ahí un bello argumento contundente para ti!’”
“Pero ‘gloria’ no significa ‘un bello argumento contundente’,” objetó Alicia.
“Cuando yo uso una palabra”, dijo Humpty Dumpty en un tono más bien despreciativo, “significa exactamente lo que yo elijo que signifique, ni más ni menos.”
“La cuestión es”, dijo Alicia, “si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.”
“La cuestión es”, dijo Humpty Dumpty, “quién manda aquí, eso es todo.” (L. Carroll: Alicia a través del espejo)
  

            El misterio del lenguaje es tan complejo como bello: con las palabras es posible hacer cosas. Muchas cosas, y muy diversas. Esto responde a su carácter sígnico, o quizá sería preferible, por ser más precisos y destacar más adecuadamente su verdadero ser, hablar del carácter simbólico de las palabras.
            Las palabras en que se despliega y desarrolla un lenguaje simbólico sirven, pues, para muchas cosas. De igual forma podría haberse llamado a las cosas por otro nombre, distinto al que en el discurso habitual utilizamos para referirlas, pues en esto precisamente se basa su carácter simbólico: el signo es arbitrario, convencional. Al igual que las cosas se llaman como se llaman, podrían llamarse de otra manera y nada en su esencia cambiaría. La cuestión es que, efectivamente, los hablantes, los intérpretes de signos, nacen ya insertos en una comunidad de hablantes en la que los significados están ya atribuidos. Por tanto, el uso distinto no generalizado de una palabra carece, en principio, de capacidad simbólica para su referente, en tanto que no lo significa.
            En este fragmento de Alicia a través del espejo se plantea esta cuestión. Aparece Alicia discutiendo con Humpty Dumpty la posibilidad de hacer variar el significado de las palabras a través de su uso privado; si es posible que “gloria” deje de tener su significado habitual por otro inventado y dado a través de su uso. En otras palabras, si el significado de las palabras depende del uso que se les dé.
            Habitualmente entendemos que “gloria” significa una cierta reputación, honor, magnificencia, esplendor, sentimiento del placer… Sin embargo, Alicia se queja del uso que le da Humpty Dumpty como concepto que define “un bello argumento contundente”. La niña defiende la imposibilidad de salir de la convención en el uso el lenguaje (ya que falla el acto comunicativo, se produce incomprensión por parte del receptor del mensaje); se plantea si puede contemplarse el significado múltiple y absolutamente diverso, en atención exclusiva del uso. En lugar de contestar, Humpty Dumpty reformula la pregunta: “La cuestión es quién manda aquí, eso es todo”.
Por supuesto, el contexto de uso es importante en numerosas ocasiones para comprender correcta y (casi) completamente el significado de los términos. Pero el uso no puede ser aleatorio, sobre todo, si el cambio de tendencia lo realiza privadamente un único sujeto. Hay algo en ese significado que nos compromete ciertamente a respetar las reglas convencionales.
            Pero podría a partir de aquí estudiarse si las relaciones de poder establecidas en que se desarrolla una determinada comunidad de hablantes o cultura pueden llegar a condicionar, en los discursos habituales que se planteen, el significado de las palabras. Si el poderoso, el dirigente, la élite rectora, los políticos o los individuos con influencia en la sociedad pueden hacernos cambiar la manera de comprender y utilizar el lenguaje. ¿Pierden las palabras su capacidad simbólica y ganan una nueva si la persona adecuada juega con ellas a hacer cosas nuevas?
            Decíamos al principio que con las palabras podemos hacer y hacemos cosas. Mentimos dando conscientemente un uso inadecuado a las palabras, llamando a las cosas por nombre distinto al suyo. Podemos aminorar, fortalecer o matizar el significado de las palabras si conseguimos universalizar un nuevo uso para ellas. Esto es, crear un nuevo hábito de uso. Pero estos son actos con origen colectivo, y por tanto responden al carácter convencional del lenguaje.
            Quien manda aquí es la comunidad de hablantes; el uso generalizado del lenguaje. Por eso no tienen sentido los lenguajes privados: no existe capacidad simbólica de sus términos, no es posible la comunicación. Aunque ciertamente puede influir en primer término, en origen del cambio de tendencia, el uso distinto que dé en un momento determinado un sujeto a las palabras, lo determinante es la generalización del uso, la creación del hábito.
            Sin embargo, esto no nos salva de la mentira y el juego. El político puede llamar “conflicto social” a una auténtica guerra civil. Puede, incluso, llegar a convencer, a tranquilizar, a desviar atenciones y eliminar preocupaciones. Pero ¿hace que la realidad deje de ser la que es? Supongo que todo depende de la capacidad simbólica que tengan y tomen las palabras que selecciona, y también su capacidad de convicción y universalización, en definitiva.

lunes, 23 de diciembre de 2019

A las 12 será 1920


He escrito muchos, pero muchos poemas con esta pluma. Qué irónico llamar pluma a un puntero, a la punta de una flecha.  Mi vida es extraña, no lo puedo negar. Siempre ha sido así. Pero últimamente las cosas parecían haber cambiado.
Parece, para mis costumbres, contradictorio estar triste en Navidad. Soy nueva en la experiencia, y la verdad, no me resulta agradable. Oigo voces en la cabeza, entre nostalgia, esperanza y miedo. Aunque eso de la esperanza cada vez lo digo con la boca más pequeña. Lo estoy perdiendo todo…
No me gusta, de repente, el calor de la estufa de leña de casa de mi abuela. No me gusta el olor a horno por la calle, ni las carcajadas de niños pequeños jugando a atraparse. Siempre me entusiasmaron las canciones navideñas, y ahora la primera estrofa me resulta vomitiva. ¿Será porque he estado leyendo a Pablo Neruda, pese a las contraindicaciones?
No lo sé, y por tanto nada puedo decir al respecto. Pero odio mi mundo cuando me siento lejos. Y así me encuentro: aislada y vacía allí donde todos son felices.
Algún día intentaré cortarme las venas con unas tijeras de punta redonda, y saldrá bien.  
Quiero buscar dentro: removerme la vida y las entrañas, los recuerdos… Quiero encontrar aquello que le devuelva el equilibrio a la balanza. Solo mía. Hace mucho tiempo que empecé a colgarme del lado equivocado, y ya no hay quien me asista. Mea culpa, por idiota: feliz e infeliz.
Que se preparen la Bolsa y el mundo. Los Felices Años 20 han vuelto.

viernes, 11 de octubre de 2019

Españolito: España como problema



La premisa a partir de la cual debe entenderse lo que sigue es la certeza de que esta es una cuestión sin resolver, tal vez sin resolución posible: el problema de España, que más bien parece ser un enigma. A pesar de todo, por deuda conmigo misma, me situaré frente al espejo del folio en blanco para intentar averiguar qué hay dentro de mi que me permita afirmar que yo soy España, si es que lo hubiera. 
La consecuencia fáctica de estudiar el ser cultural o el ser nacional de un pueblo como una lista acotada de rasgos asociados a la raza, la lengua o el culto es la confrontación con el otro, con “el de fuera”. No hay duda de que por encima de caracteres específicos brilla la humanidad como fundamento del ser de cualquier grupo humano. Esto es cierto y se manifiesta en toda confluencia, y nunca debería perderse de vista.
Pero de lo que este escrito versa se pretende una respuesta. Por ello, sin abandonar esta postura, para abordar el problema de España es necesario desviar en cierto modo la mirada de esta concepción nancyana que define la apertura como único fundamento legítimo de la identidad del ser humano. Se trata sencillamente de un esfuerzo de distinción en busca de esa especificidad que nos ocupa y preocupa, y que hace de esta una incógnita siglo tras siglo. Si existe efectivamente algo que haga el ser español, en modo alguno podría alejarlo de esta última o primera esencia. Por tanto, de aquí habrá de partir en este ejercicio de introspección.
Hace ya varios contratos sociales que el ser humano adquirió su definitiva naturaleza en detrimento de la originaria, el ser natural. Ser humano es ser social, y las sociedades son constructos eminentemente históricos. En algún punto de la Historia universal nació la historia de España. Si se intentase hallar en ella un hito en que naciera la conciencia de pueblo español en la intrahistoria unamuniana, a la vista quedaría que, de principio a presente, las efemérides narran España como tierra de conflictos de esencias. Desde aquella reexpansión de los reinos cristianos a la que se llamó Reconquista hasta la no tan lejana Guerra de Independencia Española se percibe la lucha por el ser, por uno u otro motivo. Aquella unió en esencia religiosa distintos pueblos a la carga contra Al-Ándalus (¡tan nuestra…!); esta condicionó el devenir político e ideológico de todo el siglo XIX español, que fue escenario de tiempos convulsos y que vino a desembocar en la crisis de 1898. Es aquí donde arranca la reflexión sobre la cuestión de España y el ser español que tanto dejó a la vista.
En los primeros años del siglo XX toda una generación de escritores y pensadores abordaron la cuestión desde distintos puntos, confluyendo todos ellos en el deseo y la necesidad de regeneración. Para ello era fundamental poner en tela de juicio España y sus esencias. De esta manera, tal vez de forma inintencionada, quedó a la vista en la propia hazaña crítica un carácter muy nuestro: una identidad escindida, sujeta a juegos de controversia. Estos juegos se manifiestan en una singular dialéctica hegeliana: tesis y antítesis contrapuestas en cuya negación se despliega España.
En Luces de Bohemia Valle-Inclán nos define como esperpento: el héroe trágico se deforma en absoluto al reflejarse en los espejos cóncavos y convexos del Callejón de Álvarez Gato, reconociéndose en sus glorias y miserias. Y en el acto mismo se reencuentra con su esencia liberada: el yo por el Yo. Este es el carácter español.
María Zambrano (como tantos otros) trae a colación en este respecto El Quijote como alegoría de la identidad española. Don Quijote niega su propia cordura, la de Alonso Quijano, y en esa negación se encuentra consigo mismo renacido en su locura, regenerado. Pero al mismo tiempo el hidalgo de La Mancha hace honor a su papel de héroe trágico: la única batalla en que vence está más allá de su mundo. Solo estando él moribundo sus allegados comprendieron el sentido de su hazaña, mitad cordura, mitad locura, y que en ese juego se desplegó el verdadero ser de Alonso Quijano: la humanidad más pura.
Antes quedó dicho que esta humanidad pura es el sustrato más esencial de todo pueblo, y por tanto debe brillar sobre toda controversia. Es este el sentido de uso del término, el único que reconozco como legítimo en cuanto al ser se refiere. Mucho se ha dicho desde otros puntos de vista acerca de la pureza, a veces con consecuencias catastróficas, lo mismo que ocurre cuando se elimina la apertura del concepto de identidad. Pensemos en Unamuno… La cultura española, es cierto, suscribe unos rasgos propios, muy diferenciados del resto, y estos condicionan y hacen gran parte del ser de su pueblo. Tan desacertado es tratar de negarlos como ensalzarlos al extremo como fundamento o verdad de la esencia. Del mismo modo que la religión (o quizá, más bien, la religiosidad) está profundamente arraigada en lo español, lo están elementos como la tauromaquia, el folklore, el romanticismo intrínseco, la poesía o el arte pictórico; en suma, todo lo que se suele llamar tradición. Pero en nuestro ser antitético está la negación de uno mismo, la regeneración como meta indiscutible. El juego dialéctico enfrenta a diario nuevas conquistas morales y tradición castiza, y el resultado es progreso de la intrahistoria. Cada mujer, cada hombre, todos estamos atravesados en mayor o menor medida por estos elementos, y nuestro carácter personal depende de en qué extremo se focalice la negación.
La identidad española está definitivamente escindida y rasgada de contradicciones en sentido absoluto, tanto así que los intelectuales hablaron y hablan de la realidad de las dos Españas. “Ya hay un español que quiere / vivir y a vivir empieza, / entre una España que muere / y otra España que bosteza. / Españolito que vienes / al mundo te guarde Dios. / Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”, escribió Antonio Machado.
 Dos rivales, separadas, que en tiempos revueltos terminaron trasladando el juego teórico al tablero geográfico: las mismas reglas, pero a golpe de metralla. La Guerra Civil materializó la negación de las dos Españas, revolucionó la intrahistoria y le dio un presente definitivo. En la masacre se reveló la esencia. Olvídense los caprichos e intereses de la historia: España es su intrahistoria temerosa dispuesta a darse por causas más o menos justas, pero suyas, a fin de cuentas. España hace de su ser su causa. Pero, entonces ¿qué es España? No existe una respuesta.

España es idea desplegada en contrarios. España es tradición y es progreso, esta es su cultura. España son las dos Españas negándose y encontrándose a sí mismas. En el Ebro sangriento una España negó a la otra España y, aunque me duela, eso también es España.
Hoy, aún con las manos manchadas y la intrahistoria herida de guerra, alguien despertó en la mañana, se asomó a la ventana y miró al frente. Con el viento de poniente en la cara pensó en un sueño: un mejor mañana. Esa mujer es España. Es Dulcinea.


jueves, 12 de septiembre de 2019

Ser Mahoma o ser montaña


Me atraen las viejas costumbres:
Tinta y grafito manchándome las manos.
Borrones que retratan la batalla campal
De un verso.
O de un verano.

Un lirio, una amapola.
La espiga más alta entre el trigo.
Una estrella fugaz que despunta
la Vía Láctea.

Corcheas rabiosas se preguntan
Si es esto poesía u otro delirio
De un artista maltratado
O algún pesimista enamorado.

El ser, solo y aislado, en el vacío
De un espejo reflejado
Se recita a sí mismo día tras día.
Recuerda en su suplicio el polvo
De la muerte.
Recuerda el abismo:
escalofrío del beso infinito.

El ser Mahoma, o ser montaña.

domingo, 8 de septiembre de 2019

Fly me to the moon

Ya está. Tengo que llevarme las manos a la cabeza, porque no sé dibujar los girasoles. Sí, he pasado la vida rodeada de cielos estrellados y campos amarillos, pero nunca es suficiente. 
He visto lo estético en una galleta Oreo y mis escritos de fondo, más pobres que las ratas. Una canción de Sinatra suena dentro de un coche y otro coche baraja estrellas en el capó metalizado, como si fueran cartas. Ya estallan los fuegos artificiales ahí fuera; en el interior se desata la tormenta. Un beso, una rosa, un atraco a mano armada. Estoy saturada de demonios.
Nos fusila el viento al final del túnel. La última marea no nos dejó indiferencia: el mundo pintado en colores y cansado de miserias. A algunos se les parte el alma. A mí me abre los poros: el infierno me estalla en la cara y me reflejo en algún mar de aguas claras. Me despeina la brisa del Báltico y le grito a las entrañas de la tierra para sentir que aún puedo ser libre. 
No sé que se me permite pensar y qué no. No sé si debería utilizar condicionales en temas tan serios. Solo sé que alguna vez arrojaré por el balcón un puñado de palabras que serán las últimas. Pero yo no las sabré, y tal vez nadie las oiga. Y nunca podré decidir haber escogido otras mejores. Es la consecuencia de estar viva. El llevar la muerte por dentro ha de tener esa ventaja, y a qué precio. 
Libertad por libertad. Así se mueve el universo. El preso desfilando hacia el patíbulo. Es una buena historia que recordar cuando me entre sueño.