sábado, 21 de marzo de 2020

Séptimo día


Somos cadáveres andantes. A veces, expuestos
al sol.

Miro al cielo y no pienso, no imagino
porque en nada hay que pensar o imaginar.
Porque no queda nada que salvar;
o tal vez nunca lo haya habido.

Las horas se acumulan entre los números romanos
de un antiguo reloj de sol.
Las luces, las sombras las barren como virutas.
Estaba gravado en piedra que al final, siempre, todo
saldrá bien. Pero la realidad se ha cansado
de fingir y ahora habla sin tapujos.
La vida tiene razones y dice la verdad.

Somos lo que merecemos ser y, sin embargo,
aún maldecimos. Aún condenamos
que sea tan injusta.
La vida…
Créame: la vida tiene razón
en todos los casos”.

domingo, 1 de marzo de 2020

Galileo: Dante

Si tan solo tuviera algo sentido. Algo. La última rama que pisó en aquel bosque, rodeado de bestias y de maleza. Algo. Si la naturaleza ofreciera consuelo a la miseria de un último beso. 
Si de las llamas naciera algo, lo que fuera, tal vez una vuelta de tuerca mostraría una ruina menos cochambrosa. Pero no. El mundo baila y da vueltas. Se disuelve en un  tornado de cenizas. Dante estuvo aquí. Siento su calma en el ojo de la tormenta. Tan vacío, tan quieto. Sus ojos, tan negros... Dieron a luz un nuevo universo. 
Arden cerebro y corazón, y el caos se desata. Hablaban en el pánico de la quietud de los tiempos. Ella me mira y se detiene. Todo se detiene. Y, sin embargo, se mueve. 
Durante toda mi vida fui testigo de más y más caos, más y más miedo. Pero pasaría los restos, cuanto me quede, buscando belleza y armonía. Y no me habría equivocado. 

jueves, 6 de febrero de 2020

Pretextos: Alicia a través del espejo


“Eso demuestra que hay trescientos sesenta y cuatro días en los que podrías tener regalos de no-cumpleaños-”
“Es cierto”, dijo Alicia.
“Y, como sabes, solo uno para los regalos de cumpleaños. ¡He ahí gloria para ti!”
“No sé qué significa ‘gloria’ para ti,” dijo Alicia.
Humpty Dumpty sonrió desdeñosamente. “Por supuesto que no lo sabes –hasta que yo te lo diga. Significa: ‘¡He ahí un bello argumento contundente para ti!’”
“Pero ‘gloria’ no significa ‘un bello argumento contundente’,” objetó Alicia.
“Cuando yo uso una palabra”, dijo Humpty Dumpty en un tono más bien despreciativo, “significa exactamente lo que yo elijo que signifique, ni más ni menos.”
“La cuestión es”, dijo Alicia, “si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.”
“La cuestión es”, dijo Humpty Dumpty, “quién manda aquí, eso es todo.” (L. Carroll: Alicia a través del espejo)
  

            El misterio del lenguaje es tan complejo como bello: con las palabras es posible hacer cosas. Muchas cosas, y muy diversas. Esto responde a su carácter sígnico, o quizá sería preferible, por ser más precisos y destacar más adecuadamente su verdadero ser, hablar del carácter simbólico de las palabras.
            Las palabras en que se despliega y desarrolla un lenguaje simbólico sirven, pues, para muchas cosas. De igual forma podría haberse llamado a las cosas por otro nombre, distinto al que en el discurso habitual utilizamos para referirlas, pues en esto precisamente se basa su carácter simbólico: el signo es arbitrario, convencional. Al igual que las cosas se llaman como se llaman, podrían llamarse de otra manera y nada en su esencia cambiaría. La cuestión es que, efectivamente, los hablantes, los intérpretes de signos, nacen ya insertos en una comunidad de hablantes en la que los significados están ya atribuidos. Por tanto, el uso distinto no generalizado de una palabra carece, en principio, de capacidad simbólica para su referente, en tanto que no lo significa.
            En este fragmento de Alicia a través del espejo se plantea esta cuestión. Aparece Alicia discutiendo con Humpty Dumpty la posibilidad de hacer variar el significado de las palabras a través de su uso privado; si es posible que “gloria” deje de tener su significado habitual por otro inventado y dado a través de su uso. En otras palabras, si el significado de las palabras depende del uso que se les dé.
            Habitualmente entendemos que “gloria” significa una cierta reputación, honor, magnificencia, esplendor, sentimiento del placer… Sin embargo, Alicia se queja del uso que le da Humpty Dumpty como concepto que define “un bello argumento contundente”. La niña defiende la imposibilidad de salir de la convención en el uso el lenguaje (ya que falla el acto comunicativo, se produce incomprensión por parte del receptor del mensaje); se plantea si puede contemplarse el significado múltiple y absolutamente diverso, en atención exclusiva del uso. En lugar de contestar, Humpty Dumpty reformula la pregunta: “La cuestión es quién manda aquí, eso es todo”.
Por supuesto, el contexto de uso es importante en numerosas ocasiones para comprender correcta y (casi) completamente el significado de los términos. Pero el uso no puede ser aleatorio, sobre todo, si el cambio de tendencia lo realiza privadamente un único sujeto. Hay algo en ese significado que nos compromete ciertamente a respetar las reglas convencionales.
            Pero podría a partir de aquí estudiarse si las relaciones de poder establecidas en que se desarrolla una determinada comunidad de hablantes o cultura pueden llegar a condicionar, en los discursos habituales que se planteen, el significado de las palabras. Si el poderoso, el dirigente, la élite rectora, los políticos o los individuos con influencia en la sociedad pueden hacernos cambiar la manera de comprender y utilizar el lenguaje. ¿Pierden las palabras su capacidad simbólica y ganan una nueva si la persona adecuada juega con ellas a hacer cosas nuevas?
            Decíamos al principio que con las palabras podemos hacer y hacemos cosas. Mentimos dando conscientemente un uso inadecuado a las palabras, llamando a las cosas por nombre distinto al suyo. Podemos aminorar, fortalecer o matizar el significado de las palabras si conseguimos universalizar un nuevo uso para ellas. Esto es, crear un nuevo hábito de uso. Pero estos son actos con origen colectivo, y por tanto responden al carácter convencional del lenguaje.
            Quien manda aquí es la comunidad de hablantes; el uso generalizado del lenguaje. Por eso no tienen sentido los lenguajes privados: no existe capacidad simbólica de sus términos, no es posible la comunicación. Aunque ciertamente puede influir en primer término, en origen del cambio de tendencia, el uso distinto que dé en un momento determinado un sujeto a las palabras, lo determinante es la generalización del uso, la creación del hábito.
            Sin embargo, esto no nos salva de la mentira y el juego. El político puede llamar “conflicto social” a una auténtica guerra civil. Puede, incluso, llegar a convencer, a tranquilizar, a desviar atenciones y eliminar preocupaciones. Pero ¿hace que la realidad deje de ser la que es? Supongo que todo depende de la capacidad simbólica que tengan y tomen las palabras que selecciona, y también su capacidad de convicción y universalización, en definitiva.

lunes, 23 de diciembre de 2019

A las 12 será 1920


He escrito muchos, pero muchos poemas con esta pluma. Qué irónico llamar pluma a un puntero, a la punta de una flecha.  Mi vida es extraña, no lo puedo negar. Siempre ha sido así. Pero últimamente las cosas parecían haber cambiado.
Parece, para mis costumbres, contradictorio estar triste en Navidad. Soy nueva en la experiencia, y la verdad, no me resulta agradable. Oigo voces en la cabeza, entre nostalgia, esperanza y miedo. Aunque eso de la esperanza cada vez lo digo con la boca más pequeña. Lo estoy perdiendo todo…
No me gusta, de repente, el calor de la estufa de leña de casa de mi abuela. No me gusta el olor a horno por la calle, ni las carcajadas de niños pequeños jugando a atraparse. Siempre me entusiasmaron las canciones navideñas, y ahora la primera estrofa me resulta vomitiva. ¿Será porque he estado leyendo a Pablo Neruda, pese a las contraindicaciones?
No lo sé, y por tanto nada puedo decir al respecto. Pero odio mi mundo cuando me siento lejos. Y así me encuentro: aislada y vacía allí donde todos son felices.
Algún día intentaré cortarme las venas con unas tijeras de punta redonda, y saldrá bien.  
Quiero buscar dentro: removerme la vida y las entrañas, los recuerdos… Quiero encontrar aquello que le devuelva el equilibrio a la balanza. Solo mía. Hace mucho tiempo que empecé a colgarme del lado equivocado, y ya no hay quien me asista. Mea culpa, por idiota: feliz e infeliz.
Que se preparen la Bolsa y el mundo. Los Felices Años 20 han vuelto.

viernes, 11 de octubre de 2019

Españolito: España como problema



La premisa a partir de la cual debe entenderse lo que sigue es la certeza de que esta es una cuestión sin resolver, tal vez sin resolución posible: el problema de España, que más bien parece ser un enigma. A pesar de todo, por deuda conmigo misma, me situaré frente al espejo del folio en blanco para intentar averiguar qué hay dentro de mi que me permita afirmar que yo soy España, si es que lo hubiera. 
La consecuencia fáctica de estudiar el ser cultural o el ser nacional de un pueblo como una lista acotada de rasgos asociados a la raza, la lengua o el culto es la confrontación con el otro, con “el de fuera”. No hay duda de que por encima de caracteres específicos brilla la humanidad como fundamento del ser de cualquier grupo humano. Esto es cierto y se manifiesta en toda confluencia, y nunca debería perderse de vista.
Pero de lo que este escrito versa se pretende una respuesta. Por ello, sin abandonar esta postura, para abordar el problema de España es necesario desviar en cierto modo la mirada de esta concepción nancyana que define la apertura como único fundamento legítimo de la identidad del ser humano. Se trata sencillamente de un esfuerzo de distinción en busca de esa especificidad que nos ocupa y preocupa, y que hace de esta una incógnita siglo tras siglo. Si existe efectivamente algo que haga el ser español, en modo alguno podría alejarlo de esta última o primera esencia. Por tanto, de aquí habrá de partir en este ejercicio de introspección.
Hace ya varios contratos sociales que el ser humano adquirió su definitiva naturaleza en detrimento de la originaria, el ser natural. Ser humano es ser social, y las sociedades son constructos eminentemente históricos. En algún punto de la Historia universal nació la historia de España. Si se intentase hallar en ella un hito en que naciera la conciencia de pueblo español en la intrahistoria unamuniana, a la vista quedaría que, de principio a presente, las efemérides narran España como tierra de conflictos de esencias. Desde aquella reexpansión de los reinos cristianos a la que se llamó Reconquista hasta la no tan lejana Guerra de Independencia Española se percibe la lucha por el ser, por uno u otro motivo. Aquella unió en esencia religiosa distintos pueblos a la carga contra Al-Ándalus (¡tan nuestra…!); esta condicionó el devenir político e ideológico de todo el siglo XIX español, que fue escenario de tiempos convulsos y que vino a desembocar en la crisis de 1898. Es aquí donde arranca la reflexión sobre la cuestión de España y el ser español que tanto dejó a la vista.
En los primeros años del siglo XX toda una generación de escritores y pensadores abordaron la cuestión desde distintos puntos, confluyendo todos ellos en el deseo y la necesidad de regeneración. Para ello era fundamental poner en tela de juicio España y sus esencias. De esta manera, tal vez de forma inintencionada, quedó a la vista en la propia hazaña crítica un carácter muy nuestro: una identidad escindida, sujeta a juegos de controversia. Estos juegos se manifiestan en una singular dialéctica hegeliana: tesis y antítesis contrapuestas en cuya negación se despliega España.
En Luces de Bohemia Valle-Inclán nos define como esperpento: el héroe trágico se deforma en absoluto al reflejarse en los espejos cóncavos y convexos del Callejón de Álvarez Gato, reconociéndose en sus glorias y miserias. Y en el acto mismo se reencuentra con su esencia liberada: el yo por el Yo. Este es el carácter español.
María Zambrano (como tantos otros) trae a colación en este respecto El Quijote como alegoría de la identidad española. Don Quijote niega su propia cordura, la de Alonso Quijano, y en esa negación se encuentra consigo mismo renacido en su locura, regenerado. Pero al mismo tiempo el hidalgo de La Mancha hace honor a su papel de héroe trágico: la única batalla en que vence está más allá de su mundo. Solo estando él moribundo sus allegados comprendieron el sentido de su hazaña, mitad cordura, mitad locura, y que en ese juego se desplegó el verdadero ser de Alonso Quijano: la humanidad más pura.
Antes quedó dicho que esta humanidad pura es el sustrato más esencial de todo pueblo, y por tanto debe brillar sobre toda controversia. Es este el sentido de uso del término, el único que reconozco como legítimo en cuanto al ser se refiere. Mucho se ha dicho desde otros puntos de vista acerca de la pureza, a veces con consecuencias catastróficas, lo mismo que ocurre cuando se elimina la apertura del concepto de identidad. Pensemos en Unamuno… La cultura española, es cierto, suscribe unos rasgos propios, muy diferenciados del resto, y estos condicionan y hacen gran parte del ser de su pueblo. Tan desacertado es tratar de negarlos como ensalzarlos al extremo como fundamento o verdad de la esencia. Del mismo modo que la religión (o quizá, más bien, la religiosidad) está profundamente arraigada en lo español, lo están elementos como la tauromaquia, el folklore, el romanticismo intrínseco, la poesía o el arte pictórico; en suma, todo lo que se suele llamar tradición. Pero en nuestro ser antitético está la negación de uno mismo, la regeneración como meta indiscutible. El juego dialéctico enfrenta a diario nuevas conquistas morales y tradición castiza, y el resultado es progreso de la intrahistoria. Cada mujer, cada hombre, todos estamos atravesados en mayor o menor medida por estos elementos, y nuestro carácter personal depende de en qué extremo se focalice la negación.
La identidad española está definitivamente escindida y rasgada de contradicciones en sentido absoluto, tanto así que los intelectuales hablaron y hablan de la realidad de las dos Españas. “Ya hay un español que quiere / vivir y a vivir empieza, / entre una España que muere / y otra España que bosteza. / Españolito que vienes / al mundo te guarde Dios. / Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón”, escribió Antonio Machado.
 Dos rivales, separadas, que en tiempos revueltos terminaron trasladando el juego teórico al tablero geográfico: las mismas reglas, pero a golpe de metralla. La Guerra Civil materializó la negación de las dos Españas, revolucionó la intrahistoria y le dio un presente definitivo. En la masacre se reveló la esencia. Olvídense los caprichos e intereses de la historia: España es su intrahistoria temerosa dispuesta a darse por causas más o menos justas, pero suyas, a fin de cuentas. España hace de su ser su causa. Pero, entonces ¿qué es España? No existe una respuesta.

España es idea desplegada en contrarios. España es tradición y es progreso, esta es su cultura. España son las dos Españas negándose y encontrándose a sí mismas. En el Ebro sangriento una España negó a la otra España y, aunque me duela, eso también es España.
Hoy, aún con las manos manchadas y la intrahistoria herida de guerra, alguien despertó en la mañana, se asomó a la ventana y miró al frente. Con el viento de poniente en la cara pensó en un sueño: un mejor mañana. Esa mujer es España. Es Dulcinea.


jueves, 12 de septiembre de 2019

Ser Mahoma o ser montaña


Me atraen las viejas costumbres:
Tinta y grafito manchándome las manos.
Borrones que retratan la batalla campal
De un verso.
O de un verano.

Un lirio, una amapola.
La espiga más alta entre el trigo.
Una estrella fugaz que despunta
la Vía Láctea.

Corcheas rabiosas se preguntan
Si es esto poesía u otro delirio
De un artista maltratado
O algún pesimista enamorado.

El ser, solo y aislado, en el vacío
De un espejo reflejado
Se recita a sí mismo día tras día.
Recuerda en su suplicio el polvo
De la muerte.
Recuerda el abismo:
escalofrío del beso infinito.

El ser Mahoma, o ser montaña.

domingo, 8 de septiembre de 2019

Fly me to the moon

Ya está. Tengo que llevarme las manos a la cabeza, porque no sé dibujar los girasoles. Sí, he pasado la vida rodeada de cielos estrellados y campos amarillos, pero nunca es suficiente. 
He visto lo estético en una galleta Oreo y mis escritos de fondo, más pobres que las ratas. Una canción de Sinatra suena dentro de un coche y otro coche baraja estrellas en el capó metalizado, como si fueran cartas. Ya estallan los fuegos artificiales ahí fuera; en el interior se desata la tormenta. Un beso, una rosa, un atraco a mano armada. Estoy saturada de demonios.
Nos fusila el viento al final del túnel. La última marea no nos dejó indiferencia: el mundo pintado en colores y cansado de miserias. A algunos se les parte el alma. A mí me abre los poros: el infierno me estalla en la cara y me reflejo en algún mar de aguas claras. Me despeina la brisa del Báltico y le grito a las entrañas de la tierra para sentir que aún puedo ser libre. 
No sé que se me permite pensar y qué no. No sé si debería utilizar condicionales en temas tan serios. Solo sé que alguna vez arrojaré por el balcón un puñado de palabras que serán las últimas. Pero yo no las sabré, y tal vez nadie las oiga. Y nunca podré decidir haber escogido otras mejores. Es la consecuencia de estar viva. El llevar la muerte por dentro ha de tener esa ventaja, y a qué precio. 
Libertad por libertad. Así se mueve el universo. El preso desfilando hacia el patíbulo. Es una buena historia que recordar cuando me entre sueño.