martes, 26 de marzo de 2019

Acordes de Soledad


Mirando a la sierra,
Desde el balcón. Bebiendo
Una cerveza con tequila.
Fumando todo
lo fumable.
El humo en volutas hace sonar
Música de otros tiempos.
Lo veo.
Lo veo subiendo escaleras.
Negando sonrisas, aun queriendo…
Rasgar cuerdas no era lo suyo
Pero lo intentó. Juro
Que lo intentó.
Mirar atrás no era una opción
Pero a veces detrás es delante.
Blanco, negro.
Tierra y fuego.
Amor y odio.
Quiero más de lo que puedo
Tengo menos, siempre menos
Pierdo más.
Dicen que más pierde
El que más quiere, y yo intuyo:
Él nunca derramó una lágrima.
No por mí. No para mí.
Hoy anochece, y no busco
Su aliento en l nuca. Su piel
Entre las sábanas
Fue solo volutas de humo
Que se llevó la mañana.
No volveré a verlo pero
Qué importa si el pasado
Me sujeta la frente mientras
Vomito nostalgia.
Siempre detrás. Siempre delante.
Acordes de soledad. 

jueves, 31 de enero de 2019

No quiero escucharte en Nocturno

Cómo iba a ahogarme en un pozo sin fondo de absurdos cánones y formas. Jamás entendí qué quería decir, en ningún momento, cada vez que me acercaba a hablarte después de clase. Esto es la universidad, no el colegio, no el instituto... Las cosas cambian. 
Pero yo no. 
Necesito que haya algo ahí dentro, ahí arriba. Algo que transgreda la norma, que rebase la forma y baile al son de martillo conmigo en el límite. De adentro hacia afuera: siendo. Siendo singular plural. Pero en el vacío los ídolos se precipitan. Se rompen el cuello, y tú recolocas tu máscara. Y yo no soy más. Soy máscara, soy efímera, soy baile, soy música. Pero no soy más. 
Las segundas voces siempre me parecieron mágicas. Pintar la presencia en la ausencia parecía complicado antes de entender a Hopper y Derrida de la mano. Huellas... Solo huellas. Todo es texto, y no hay lugar al cual regresar. Tu secreto siempre será indescifrable.... Por eso es secreto. Por eso es magia y compone. 
Eras y eres tú, pero eres diferente. Ahora y siempre, diferente y limítrofe con tu máscara dorada. Esa que fabriqué para ti. 
No quiero escucharte en Nocturno. Quiero tu melodía taladrándome el sentido en bucle. Siempre supe cómo ser tu Carmen, y tú mi naturaleza muerta. Sin saber, sin quererlo... Sin creerlo, tal vez.  La belleza es irrefutable. 
Gracias por hacerme sentir lo bello más allá del absurdo.
Hasta siempre: 
Carmen

jueves, 29 de noviembre de 2018

Borrones en hojas a cuadros


Nunca sonríe y, cuando lo hace
Se desgarra.
Sería más fácil no mirarla,
Su cara, mientras aprieta los labios.
Entre páginas de libros
Que jamás leerá.
Pero está escribiendo poesía
Y así, contando sílabas,
Se desmayan sus años
De pies a cabeza,
Como si ya no tuviera edad.
Así, con la tapa del boli sujeta en la boca,
Brilla todavía más.
Si suspira a la vez
Será el fin del mundo.
El guion no da para más texto.
Pero está vivo, y renace
Con cada lectura.
Y yo navego ríos y mares de tinta
En vano.
Inacabado… siempre inacabado.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Tener las pestañas tan largas no debería poder ser requisito de nada


            Sé lo que estás pensando… ¿Otra? ¿así, sin más? Bueno, no sé. Ni es de mi estilo, ni me lo planteo siquiera. Pero al sentarse en la silla del profesor, con esa actitud despótica, me ha recordado a cosas de otros tiempos.
            No me gustan sus zapatos. No tiene una cara precisamente dulce. Al contrario… Tiene los rasgos endurecidos y la piel clara. Atiende y participa en las clases de Derecho Civil, y por eso mismo no es de fiar. Tiene nombre de telenovela mexicana. Lleva el pelo recogido en un moño torpe, y de todos es la única que se ha sentado mientras hace una exposición. Tiene un tatuaje debajo de la nuca. Me recuerda al típico personaje de libro o serie de trece temporadas. Sola, borde, malhumorada.
            A lo mejor el problema está en leer tanto y atender tan poco. Pero, de verdad, no sé cómo precisarlo: ha habido experiencia estética.
            La belleza me ha impresionado.
            Tener las pestañas largas no debería poder ser requisito de nada. Prefiero mis máscaras de la tragicomedia.
            Se ha soltado el pelo. Estaba mirando para otro lado. Me he perdido la explosión. Ahora se aburre, se impacienta, y parece más joven. No sé de qué es señal llevar más de media hora sin variar la posición, pero debe significar algo. Juega con cualquier cosa que tenga en las manos y usucape en cinco años. No aplaude. Nunca aplaude. California tendrá más noticias sobre ella. Cuando se aparta el pelo de la cara le brillan los ojos, le brillan más que el dorado Cornbelt, y atraviesa América entera de sur a norte. De norte a sur.

jueves, 15 de noviembre de 2018

La casa de un mendigo


Cuando era pequeña estaba convencida de que los maniquís de lo escaparates eran personas que soñaban con ser modelo de revista. Era un estadio previo, un modo de preparatoria u oposición: volverse experto en soportar miradas. Miradas de todo tipo: lascivas, de repulsión, de deseo, de indiferencia, de lástima…
         Con los años, como era de esperar, descubrí que me equivocaba. Pero, como en absolutamente todas las caras reversas de la realidad, había algo de cierto en aquellas creencias infantiles. Por su condición individual, independiente de ese otro que camina siempre sin atreverse a contemplar directamente, muchos se han visto obligados a ser expertos en soportar miradas.
      A la salida de los cines de Princesa, en los bajos de Ventura Rodríguez, viven muchos vagabundos. Recuerdo que la policía se paraba en mitad del pasadizo a controlar la situación: a proteger a la avalancha de gente acobardada de cuatro o cinco indigentes. Ni siquiera nos veían. Es así: así es su vida. Ser temidos sin ser comprendidos, ser rehuidos por puros desconocidos. Ser tratados como si no fueran. Como si no fuesen nada con nombre y apellidos, y una historia.
            De entre todos los garitos cochambrosos, hechos de todo, había uno construido de ironía. Un mendigo dormía en un colchón de noventa. Tenía un paraguas como puerta y, como paredes, carteles de viejas películas. Lo miré un segundo sin decir nada. intuyo que era joven, pero endurecido por la frialdad que le enseñaron las calles y los comentarios de los espectadores que abandonan las salas de proyección. La pura belleza estética hecha imagen.
        Me pregunto si algún día sabrá que él fue protagonista de esta película que duró un solo segundo y que ya no podré olvidar cada vez que alguien me pida una triste moneda. Hasta dónde ha llegado el mundo, que somos capaces de temer lo que ni tiene ni quiere nada que no le pertenezca.


lunes, 10 de septiembre de 2018

Era (solo) una pesadilla


            Anoche soñé con la Muerte. Vestía túnica y portaba guadaña: una imagen bastante verosímil con las descripciones que tradicionalmente se le han adjudicado. No pude ver su rostro, no pude mirarla a la cara, pero en el fondo sabía que no era necesario para saber que era la representación perfecta del sudor frío: del pecho encogido y el delirio de la agonía.
            Era negra, proyectaba tinieblas. Pero aquel color era totalmente desconocido para el ojo humano. Era profundo y oscuro como el vacío que deja la ausencia.
            No le tenía miedo. Jugaba a seducirme, y yo le seguía el juego. Corría calle arriba, delante de ella. Me perseguía, azotándome de vez en cuando con su guadaña. Y entonces, estando a solas con ella en plena madrugada, vi el coche fúnebre, y mi casa en tinieblas. Y fue cuando me abrazó. Me había arrancado un trozo de alma, se lo había llevado para siempre y, sin embargo, ahí estaba, sosteniéndome, secándome las lágrimas con tela oscura. Quería consolarme.
            Pero no. Se había ido por su causa. Había venido a dejarme sin ella. De nada servía que intentase aparentar dulzura, y calidez. ¿Cómo podía reconfortarme, después de haberme helado hasta los huesos?
            Cuando desperté bañada en lágrimas supe que aquello no había sido más que un truco: jugar al engaño, jugar a que no le tenía miedo. Recuerdo que le pegué tres veces con el puño izquierdo, cada vez con menos fuerza y más impotencia. Fue el último acto de rebeldía antes de regresar de Oniria. Sin embargo, no dejo de estar asustada. No por mí… No por mí, sino por aquellos que veré partir antes de marcharme.
            Al menos, por ahora, solo fue un mal sueño.

viernes, 31 de agosto de 2018

No sé cómo quiero llamar a esto

El tiempo pasa de la misma forma para todos; aunque he de admitir que a veces el mismo lapso puede ocasionar sensaciones indescriptiblemente distintas. Un año, un minuto, una vida, una eternidad... Pero un latido siempre durará exactamente eso, por deprisa que quiera palpitar el alma. 
Sé que esto no interesará a muchos. De hecho los implicados llevan siglos sin pasarse por aquí, y lo entiendo. Donde tantas cosas importantes hay que guardar, dudo que quede espacio para un simple nombre; uno de los cientos que pasan por las aulas cada curso. 
Anoche quise pasar por mi galería de las sombras, por las cajas de Tchaikovsky (creo que quise llamarlas así en su momento)... Por mi baúl de los recuerdos, en definitiva. Encontré antiguas fotografías cubiertas de polvo y de recuerdos, a pesar de llevar bajo llave un triste par de pares de años. 
He visto renacer salas oníricas en mi memoria: rincones que nombré y que olvidé hace tiempo. He tropezado con miradas, con cientos de miles de palabras, con promesas de volver a vernos, con seudónimos antiguos con los que pretendí encubrir una declaración constante (qué mal me fue). Me he reencontrado con retales y folios viejos, canciones y cartas, ladrillos y fantasmas que simplemente ya no están. Sin embargo, siempre pensé que jamás se irían. Y aunque lo asimilara mejor de lo que me creía capaz, si me da por pensar con la suficiente fuerza, aún llego a notar ese calor que desprendían. A fin de cuentas, todo sigue ahí. Un pasado tan candente, un cimiento tan resistente, que podría rozar con la punta de los dedos. 
Algunos nunca volvisteis a aparecer en mis escritos. Pero supongo que no hay nada de malo en admitirlo, una última vez, por todas las cicatrices que adornan mi piel: Dee Dee, aún te echo de menos. 
Cualquier otro parlamento siempre estará de más, y de menos. Cuida de lo que pueda quedar de aquel surrealista atrapado entre el presente y los cómics antiguos con Los Ramones por banda sonora.