jueves, 13 de julio de 2017

Aquel día se levantó con ganas de escribir

"Vivimos en una sociedad tan pobre que no tenemos nada. Somos tan pobres de espíritu que nuestra única aspiración parece ser arrebatar al prójimo sus derechos humanos". 
Aquel día se levantó con ganas de escribir. 
Una guerra que helaba los huesos se desataba a su alrededor. Se extendía por todas partes a todas horas: bajo el agua ardiendo con que se duchaba, entre sus sábanas, a la hora del desayuno y también de la siesta. Hasta en la mantequilla y los sueños de miel había restos de metralla. 
Tan reales eran esas negras máscaras que aparecían frente a sus ojos todas las noches que casi podía notar el olor a sangre; el olor de tantas sangres diferentes que las habían impregnado. Inocentes o culpables, ¿qué importa?, se preguntaba... La sangre es roja, y huele a material metálico, siempre, y sabe al calor de quienes la perdieron.  El relieve de sus metralletas estaba esculpido en el fondo de su mente al detalle, y también su brillo, su peso y su tacto.
Tantas veces había presenciado aquella escena que se la sabía de memoria, y sabía que ella era la siguiente. Tal vez no hoy, tal vez no mañana. Pero pronto, algún día, la engulliría también el olor a pólvora. Los impactos de bala la harían sonar en un grito sordo por última vez, y a nadie le importaría. Ni siquiera a ella misma, porque ya daba la batalla por perdida. Sabía que no merecía la pena luchar. Porque nadie ahí fuera estaría dispuesto a refugiarla. 
Sabía todo esto, estaba segura, y como ya dije, no le importaba. Porque cuando se pierde todo ya no importa nada. 
Ella sólo tenía ganas de escribir. 

domingo, 9 de abril de 2017

Nacional A3

Parece mentira que en cuestión de días, de segundos, una vida entera pueda cambiar; una historia tambalearse, un amanecer volverse cenizo en mitad del bosque, y ser rojo el azul del mar. Es curioso cómo a veces la realidad puede cambiar de rumbo, que todas las líneas rectas se pongan de acuerdo para girar y girar en un torbellino de incertidumbres. 
Aquí y allá la gente viene y va. Los sueños se cumplen, los corazones se rompen, llueven tierras en desiertos desconocidos. No sé qué significa esa maleta que no para de rodar dentro y fuera, escaleras arriba y abajo, en cien maleteros y veinte vagones de tren. Ya no sé ni dónde está. 
La gente cambia, la vida sigue y yo tengo que hacerlo junto a ella, a pesar de todo. Todo lo bueno y todo lo malo tiene un final; pero a veces el horizonte está tan negro, tan manchado de tinta, que es casi imposible leer entre líneas, respirar. Y yo lo sé. Lo sé muy bien. 
A veces nada es lo que parece, ni siquiera lo que creíamos inmutable, seguro. A veces creemos advertir el punto y final, y cuando levantamos la pluma encontramos el papel casi vacío y observamos que el paso, el roce, lo ha emborronado todo. Que no hay más remedio que volver a escribir si queremos que todo sirviera para algo. 
Habrá manchas donde hubo mil historias que ahora laten sin vida, en forma de heridas. Habrá nubarrones. Habrá miedo al vacío, y puede que sólo nos quede aferrarnos a esa garantía de lo desconocido. Pero no es poco: es una oportunidad. 
Resplandece, ¿la ves? Allá, al final del túnel. Corre y haz que devuelva la luz a tus ojos tristes. Corre. Ya queda menos. 
Ya falta poco. ¿Ves? Es el futuro sonriéndote. 

domingo, 5 de marzo de 2017

Un zorro en la carretera

Anoche encontré en mitad de la carretera un animal muerto: un zorro atropellado por al menos tres coches más (y digo más porque fue inevitable volver a pasar por encima de él). Su sangre manchaba las líneas discontinuas que separan los carriles. Yo sigo adelante, siempre adelante, sin embargo no puedo evitar pensar en ese cuerpecito inerte en el que nadie más piensa.
Se ha quedado ahí, mudo en medio del frío. No gruñe, no aúlla, no emite ya sonido alguno, y aun con todo el peso de su condición, lo dice todo, absolutamente todo. Esto es el mundo. Así. A menudo nos atropellan, y sin duda parece que cuando, quizá por accidente, alguien o algo lo hace, ya todos los objetos existentes ganan la tendencia y repiten el patrón decenas de veces. Y a veces nosotros mismos tenemos la culpa. 
A veces los faros de un coche nos confunden y creemos que ya ha llegado el día. Salimos a su encuentro y entonces nos traga la noche. Y el resto de vidas siguen, sin nosotros y sin tapujos, los mismos que a nosotros nos faltan a la hora de cazar, pero no nos queda otra, porque si no lo hacemos, si no comemos, moriremos de hambre. Esa parece ser la condición de estar vivo, y el contrato que firmamos sin pensarlo es el de cobrarle a otro la factura de su suerte. 
Puede que no lo veamos, puede que nos creamos libres, cuando en realidad la libertad es todo lo que nos falta por el mero hecho de estar vivos y tener que vivir. Porque otros nos coartan, y coartamos para mantener viva la ilusión. Y hay más. Todos somos un zorrito en mitad de la carretera, y todos llevamos a aquel que mencionaba al principio inevitablemente dentro. Todos vivimos sujetos al miedo y la temeridad, y nos falta el justo medio. A todos nos falta el agacharnos, el asumir que estamos en apuros y aun así lograr plantar cara a los coches. 
Espero, Zorrito, que tu muerte no haya sido en vano, ya que parece estar escrito que tenía que pasar. Al menos ya nunca volverás a tener miedo. 
O quizá era un conejo... 

domingo, 26 de febrero de 2017

Sobre conect@verroes

Me dijeron: "Escribe un blog sobre Filosofía Medieval", e inevitablemente esas palabras me produjeron una arcada. La idea de escribir sobre vírgenes y dioses me causaba repulsión, por mis antecedentes. Es verdad, lo reconozco, he sido muy católica, y el cambio de orientaciones casi me ha colocado en las antípodas. Pero ahora veo el error, mi error, que fue identificar los conceptos de Dios y divinidad con catolicismo, y peor aún: con Iglesia. 
Y es que es inútil tratar de convencerse con unas creencias impropias en el sentido estricto. Impropias porque no me son propias; porque no son las mías. Y cuanto más perforo el asunto más claro lo veo: no tengo problemas con el origen del mundo, ni con los comportamientos y valores adecuados, porque algo dentro de mí, algo mío, ya me dice cuál es la respuesta correcta, y que no me encuentro tan alejada de ella. 
No me importa qué tal suene, ni que alguien intente poner trabas a lo que escribo: que no es actual, que no es tiempo ni lugar para preocuparse por ello. No me importa, porque estudio Filosofía y me parece importante preguntarse por lo trascendente: porque lo que aquí se cuece lo sabemos todos. Lo vemos. Sabemos de alguna forma, que el mundo es corrupto, ya sea por naturaleza, ya por sociedad. Pero, ¿qué hay detrás de esa piedra?, ¿y de la Luna, y de la Ley de la Gravedad, y de los ejes cartesianos? No sé los demás, pero yo quiero saber la respuesta.
Aunque bien sé que no la encontraré nunca. 
Y quiero escribir en mi blog de Medieval. 
Y hoy es 26 de febrero, y me la pela. 
http://conectaverroes.blogspot.com.es/ 

sábado, 21 de enero de 2017

Sobre Crátilo, el coherente escéptico






































                                                                                                                                                       .

Sobre Pirrón: los tropos escépticos.

Esta mañana me reencontré con Pirrón. Como no podía ser de otra forma, he venido a determinarlo. Es un vicio esto de determinar. A saber qué dirían de mí los escépticos...
El escepticismo niega lo innegable: los primeros principios y las verdades primeras. Niega el principio de no contradicción; niega el "pienso, luego existo" y se apoya en la misma contradicción. Esto es, afirman con certeza que no hay nada cierto.
Para algunos es inadmisible... Desearían golpear y quemar al escéptico hasta el límite de sus fuerzas, hasta que se viera obligado por el peso de la circunstancia a admitir que ser quemado y golpeado no es lo mismo que no serlo. Sin embargo de todo se puede extraer algo remotamente positivo.
El escéptico se pone en la piel del dogmático y trata de destruirlo desde dentro. El dogmático cree en el conocimiento, y en nuestra capacidad para llegar a él, bien sea a través de la experiencia o la razón. Pero los sentidos nos engañan: son falsos, y no solamente falsos, sino variables de unos a otros, y respecto a los animales: mis demonios no se distinguen tanto de otros ángeles. La razón orbita al rededor de razonamientos infinitos, circulares, que se sostienen necesariamente: no pueden desprenderse si lo que quieren es no precipitar. Están ilegítimamente dados por buenos, sin más, y forman parte necesaria de la cadena causal en la que los efectos son rotundamente necesarios.
El escéptico no afirma, sólo duda, y así logra que los errores e imprudencias de otras tendencias se manifiesten. El escéptico renuncia a la razón, pero la suya no es una renuncia vacía. Sabe que la razón es un carcelero contrapuesto a la felicidad humana. Y si acaso dejarla atrás no fuera suficiente para ser más felices, al menos sí viviríamos más tranquilos. Libres de todas sus cadenas.
Cerdos racionalistas, me habéis acuchillado la razón con la razón.

lunes, 16 de enero de 2017

Le debemos un gallo a Sócrates

No sé por qué, pero me apetece escribir. 
El aire contaminado de Madrid puede ser muy frío a las cinco de la mañana, colarse por cualquier rendija secreta para ponerse en contacto conmigo y amargarme la piel. Es enero, hace frío, un frío que pela, y estoy en la calle; llevo en la calle muchas horas.
Me apetece escribir y no sé por qué. La ciudad está dormida. Hasta los bares duermen, o al menos así es para mí. Personas que inventan la fiesta, la llevan allá por donde van, por bandera, sale al campo de batalla a enfrentarse a esa vida de la que huyen: su vida. El cielo está despejado y no brilla ni una puñetera estrella. La luna parece un centinela en lo alto del cielo, sembrando distancias entre azoteas. Pronto el Sol hará acto de presencia; pero todavía no... Todavía no es tarde para llamar noche a la madrugada y enfrentarnos así a la cruda realidad: nos aborda un nuevo día, y nosotros seguimos siendo los mismos, los que éramos ayer, despeinados, sudorosos, congelados... Pero los mismos. 
He leído mil veces acerca de despedidas, he intentado lanzarme a escribir decenas de ellas, y ahora que me enfrento a una, a una literal, a una que de verdad sé en qué consiste, me vienen a la cabeza aquellas palabras. Y sé que todas y cada una de ellas son ciertas. 
Sé lo que es dar ese abrazo que intenta condensarlo todo: lo que hemos y lo que jamás habremos vivido. El intercambio de palabras insulsas sobre cualquier tema sin importancia alguna para intentar eliminar dramatismos y retrasar, disimular hasta el extremo esa última sonrisa húmeda, cargada de lágrimas que tarde o temprano encharca los recuerdos, y yo lo sé. Yo ya ni siquiera trato de disimular. 
Somos esclavos del presente, y este está condenado irremediablemente a ser pasado; a pasar. Los griegos antiguos quisieron que nos encontrásemos aquí, y eso, amigo, merece un sacrificio a modo de ofrenda. 
Sócrates le debía un gallo a Asclepio. Nosotros se lo debemos a Sócrates. Le debemos un gallo al mayor desastre de entre los hombres, al más sabio, aun reconociendo que no sabía nada. 
Le debemos un gallo a Sócrates.