viernes, 4 de septiembre de 2015

Corazones de tiempo, tinta y papel

No funcionó. 
Hacía meses que no pensaba en ti. 
Tu risa se había marchitado en mis tímpanos, 
tu mirada cálida luchaba por apartarse de mí
y tu voz susurrante calló para siempre 
ahogando todas aquellas palabras de amor.

Sabía que de nada servía agarrarse 
a ningún clavo del pasado,
ni arrojarse al tren de la disculpa, 
pasada la Estación de las Últimas Oportunidades
porque, en el fondo, sabía 
que ya te habías ido. 
Y yo también. 

Pero un día mi corazón de telarañas y tinta
despertó buscándote de madrugada. 
Y supe que haría lo que hiciera falta
para llegar hasta ti. 
Y que todo volvería a tener
el sabor agridulce de tus labios.
Y, otra vez, me equivocaba. 
Y otra vez, me obligué a ignorar las estrellas. 

Hasta hoy que, cansada de oler amapolas, 
busqué aquella fotografía
olvidada en un cajón. 
Y observé que el tiempo 
aún no nos ha perdonado.
Y esa tal vez sea la cuestión;
que tú y yo, y nuestros corazones
no seamos más
que cuestión de tiempo,
tinta 
y papel. 

sábado, 29 de agosto de 2015

El grupo de Marco

Llego tarde. Es lo único en lo que puedo pensar. Las calles están desiertas, hace frío, se escucha el viento como principal armonía y de fondo, como acompañamiento, el compás del rock de los ochenta retumbando en las esquinas.
Al llegar a la Plaza Mayor un par de crias me miran con mal gesto. A ninguna les atrae la idea de entrar al concierto por la simple razón de que allí no llamarían la atención debido al volúmen de la música.
Desde la puerta de entrada se ve el pelo rubio del bajista moverse con la rabia propia del ritmo. Detrás del teclado hay una mata de pelo moreno ondulada, encrespada, enmarañada... Como el suyo. El miedo me puede y dudo dos veces si entrar.  Pero me armo de valor, y el espejismo se desvanece. Ya puedo disfrutar de la noche, de la música, el frío y Alice Cooper. Otra vez. Aunque todo este mundo sigue recordándomelo.

lunes, 17 de agosto de 2015

Y a este, amigo, llamaste nuestro final

Conoces de sobra la energía que fluye a tu alrededor, y crees tanto como yo en los universos cíclicos; en los bucles temporales que confunden hasta los puntos cardinales. Una vez más ves tu sombra triunfal regodearse por las esquinas, elevas la cabeza sobre cada hombro y olvidas el lado negativo del éxito. Me alegro, te lo prometo, me alegro mucho por ti. Pero no por olvidar y entornar los ojos para crear un mundo borroso desaparece la realidad. Te deseo suerte el día que el bucle te los abra de nuevo. 

martes, 11 de agosto de 2015

La refranera

Había sangre en el suelo, en las esquinas, en las paredes. Las verjas tiemblan de calor y vida, y en los cristales se reflejan girasoles acurrucados y somnolientos. 
Cuatro palomas cruzan el cielo de las doce en punto y a lo lejos se escucha a un árbol cantar. Se cierran las puertas de las casas modernamente refrigeradas, y los rayos del sol retumban en los tejados de las casas antiguas.
El mundo gira y ya no existen más balcones flotantes. Sobre la tierra se evaporan los sauces y en mi cabeza se arremolinan los pensamientos paganos. Y nada deja de girar.

miércoles, 15 de julio de 2015

Acto cuarto

El sonido de unos pequeños pies correteando por la acera recuerda a la lejana infancia. A la inocencia. Por la carretera un coche negro como el carbón le pita a un señor que cruza el paso de cebra corriendo en el último instante, cuando su semáforo ha cambiado a rojo. Rojo como la sangre y el dolor de las rodillas rasgadas. Cuántas veces me riñeron por correr en las aceras de la avenida...
Muchas son las noches que han pasado desde entonces. El mundo me grita que me aparte del pasado, que ya huele a azufre y tierra mojada. Me dicen que sea fuerte, que en eso consiste todo. Que olvide el escenario de una vez y que eche mano del telón. Pero detesto pensar en ti como un ejercicio de resistencia.
Las obras de García Lorca fueron escritas en el pasado. Eso no quita que nosotros lo devolvamos a la vida con nuestras representaciones.

sábado, 11 de julio de 2015

Carlota

La tierra mojada tiene un olor irresistible. Más que irresistible. Una niña de cabello rubio que está sentada a mi lado agarra un puñado y se lo mete a la boca. Con una gran sonrisa me ofrece el apetitoso manjar <<¿quieres un poco?>>. Sus mejillas sonrosadas contrastan con la palidez de su rostro. Los ojos color caramelo son cálidos y le portan un aire infantil que la hace parecer más joven de lo que seguramente sea en realidad.

Su vestido blanco de volantes  está manchado por la hierba y el barro, al igual que el área de piel que rodea su boca. <<¿Quieres un poco?>> Me repite. Mojo entonces la punta de los dedos en el terreno arcilloso y chupo la tierra tímidamente. <<¡Es increíble! ¡Sabe a chocolate!>> exclamo. <<¿Ves? Algunas cosas no son lo que parecen>> me responde la niña. 

jueves, 9 de julio de 2015

La rueda

En el bosque se siente girar la rueda del tiempo. Avanzan las noches acabando con los días, marchitando las flores silvestres y los juncos que crecen a los pies del arroyo. Las estrellas queman el cielo inmenso, tratando de hacerle la competencia al sol. La luna, sin embargo, no es a ellas a quienes observa.
Hay hombres en mitad del claro. Su pelo, su barba, cada vez más largos y canosos. Sus ojos tristes lloran pidiendo a gritos ayuda. Que alguien detenga el compás. Sus manos arrugadas sostienen sus cabezas agachadas, sus piernas cansadas, desgastadas por los años, se entrelazan y tiemblan, y sus corazones rotos no dejan de sangrar tinta y aceite.
De repente uno de ellos se levanta dispuesto a socorrer a sus compañeros, a hacerle frente a rueda terrible. Así deben ser todos los hombres valientes. Agarra la manivela y lucha con los engranajes. Suda, llora; pero nada de eso le importa porque, a fin de cuentas, logra tornar su sentido de giro.
Su pelo, su barba, menguan en longitud y recuperan el castaño que un día debieron tener. Sus ojos grises irradiar de nuevo el perdido calor juvenil. Las flores vuelven a ser erguidas, el agua fluye rumbo a la montaña, olvidando su desembocadura, y se congela. Estrellas antiguas reaparecen, y la luna se reencuentra con su sol.
Los hombres ya no están tristes. Con sus manos tersas acarician la hierba, saltan el fuego con sus fuertes piernas. Ríen.
Ríen, y la rueda los castiga deteniendo el rebobinado del tiempo. En cuestión de instantes la palidez vuelve a sus rostros y las arrugas corrompen otra vez su piel. Sin embargo, ninguno de ellos llora. No. Ahora sonríen, porque han tenido valor para regresar. Por recuperar la emoción adolescente que los alejaba del peligro y el miedo. Y nunca, nunca más olvidarán vivir con cada latido.