lunes, 16 de junio de 2014

Perestroika

«Veo que no hemos perdido el tiempo (…)» apuntaba Dativo en respuesta a aquel comentario que escribí. Aquel que, en lugar de entregar, compartí. 
El tiempo que nos queda entre estas paredes puede medirse en momentos. No puedo evitar pensar en todo lo que quedará durante meses encerrado aquí, cogiendo polvo, descomponiéndome con su ausencia. El silencio de la noche estremecerá cada sombra que oculte mis tambaleantes y ahogados recuerdos. Entre los ladrillos, en las esquinas (en Crisálidas, concretamente), en la cueva,  en el despacho de Godoy, detrás de las puertas... Suspendida me hallaré en el aire, sostenida únicamente por aquel arnés del que el Instructor me colgó en cierta ocasión.
Me niego a pensar en horas,  pues de tal modo terminaré por romperme. Por quebrarme con la fragilidad de un suspiro.

viernes, 13 de junio de 2014

Tiempo de descuento

Regreso a aquel lugar donde un día (me parece que fue ayer) le escribía mensajes de texto a María en un lenguaje propio de eruditos. Me hizo la mitad de gracia que a Johnny, que sí lo entendía. La última mirada cómplice de los adláteres en busca de alguna efeméride me estremeció.

Hoy estoy aquí, a pocos metros del hepicentro, en el concurrido centro urbano de "Treyun", como lo llaman en el pueblo de Elena Galán. Hace un calor de mil demonios, más que ayer, a las cinco o seis de la tarde.

Paula nos convocó en el lugar señalado a hora punta, a las nueve, creo recordar. Tengo hambre, por Dios ¡qué sofocón! Lalu está sentada en la otra punta y no puedo comentarle mi jugadón de esta mañana ( está muy ocupada con el España-Holanda, asunto de vital importancia).  Huele a vainilla y no requiere.

Tengo las manos llenas de grasa por el pincho –tortilla. Exquisita, por cierto–. Las putas servilletas ensucian más de lo que limpian. Veremos cuando vuelvan los brasileños. Entonces será otro cantar.

jueves, 12 de junio de 2014

12 de junio (Otro jueves cualquiera)

A veces un gesto, una imagen, un simple suspiro, vale más que mil palabras. Otras la cuestión está en tranquilizarse. ¡Qué demonios! En aprender a dejar de temblar. 

La parte buena de todo es que lo malo siempre tiene un final, que siempre podemos encontrar la luz al final del túnel. Lo jodido del asunto llega cuando las cosas buenas culminan. Es espeluznante. Pero aún lo es más si lo que yo considero bueno para el resto de la humanidad es la peor carnicería que haya podido tener lugar en el mismísimo averno. Y aún lo es más si las virtudes que el mundo siempre encuentra en un deshilachado y mugriento mañana, para mí no son más que eso. Un deshilachado interlineado que un mal autor no supo sobrellevar. 

Me inclino por la agonía eterna del mundo, que resulta ser para mí el delirio supremo. La encarnación del ayer que hoy amenaza con alejarse hasta dentro de un tiempo tan leja que ni siquiera puede verse, que jamás transcurre. Que me deja congelada en la angustia bajo un bochornoso sol de verano.


PD.: Los cubitos de hielo invencibles me sostendrán hasta nuevo aviso.

martes, 10 de junio de 2014

Caminos



<<Caminante, no hay camino, se hace camino al andar>>. 
                                                                 A. Machado

Me gusta salir a caminar por cualquier camino de detrás del pueblo, sin saber adónde lleva. Me permite pensar con libertad, especular sobre las mil historias que pudieron acontecer, de las que girasoles, sol, tierra y viento fueron testigos, o inventarme otras nuevas. No alcanzo a entender cómo, pero siempre regreso al punto de partida, como si nunca me hubiera ido. Como si el camino no llevara a ninguna parte.

Me gusta discutir con Lalu mientras paseamos por aquellos senderos perdidos que, si no existen, rápidamente los inventamos. Me gusta escuchar y tratar de comprender, hacerme escuchar y que ella me entienda. Puede que no siempre compartamos la misma opinión —de hecho ambas somos bastante egoístas y acaparadoras en ese sentido—, pero siempre considero a un buen debate constructivo. Nadie juzga a nadie por su forma de pensar, sino que esta se olvida cuando las primeras casas regresan. 

Cuando Paula y mi hermano nos acompañan el éxtasis muta. Entonces desechamos los caminos y hacemos campo através. Entonces las espigas nos tragan a los destellos de cada atardecer, y los árboles me abrigan cuando me abrazo a sus ramas por miedo a caer. Entonces siento que me mece el tiempo, que lo cercano se ha largado y que puedo palpar la distancia.

viernes, 6 de junio de 2014

De defensa: hormonal y estructural

Cierto día bajaba a Educación Física, un jueves a tercera, sí. La mochila tenía un asa más larga que la otra y, a consecuencia, avanzaba molesta. Lo raro es que no llevaba ropa de deporte. No sé. El caso es que en la puerta del laboratorio de Biología se oían reproches y lamentos a un volumen lo suficientemente alto como para captar mi atención.

Dejando atrás el tiro de escaleras me aproximé a la zona cero. Por curiosidad, simplemente. O qué sé yo; ¿y si estaba pasando algo? Una alumna de 2º de la ESO le replicaba a su profesor de Ciencias Naturales (que es el mío de Biología) el haberle puesto una amonestación a su juicio inmerecida. En ver que allí no se me había perdido nada hice ademán de volver sobre mis pasos, pero un golpe seco contra María me recordó que teníamos clase en el laboratorio. 

Resulta que era lunes. Hacía un momento que la mochila se me había enganchado en el respaldo de la silla. Caminaba sin saber adónde iba, ni de dónde venía. Todo encaja. En cuanto sonó el timbre subí y bajé de nuevo, a la esquina de Crisálidas.

martes, 3 de junio de 2014

Ahora un nuevo aniversario

Hoy pienso en tantas cosas que me estremezco al reparar en los pocos días que me quedan en la cueva.

lunes, 2 de junio de 2014

Bayona (1807)

Hoy es un día importante. Importante para todo.

Esta mañana bajaba con tiempo a la parada de autobús (lo juro). Esta mañana he podido permitirme incluso aminorar la marcha para esperar a un alumno de mi pueblo que va a 1º de Bachillerato (de Ciencias, aunque no estoy segura de que tenga claro qué hacer después) y saludar a las mujeres madrugadoras de la plaza las cuales aguardan pacientes a que el frutero despliegue su tenderete y así llevarse las mejores piezas en venta.  

El mercado se había extendido más de lo habitual, había puestos hasta casi la mitad de la Calle Mayor. Como siempre, avanzo esquivando cajas y barrotes desperdigados por todo el suelo, solo que más tranquilamente ("Hoy tengo tiempo"). Una leve sacudida de aire me revuelve el pelo y, no sé por qué, me hace girar la cabeza 90º a la derecha. Estudio la bandera roja y amarilla deshilachada mecida por el viento unos instantes y al fin la dejo atrás. 

A cuarta hora me sorprende un extraño examen de Ética: breve y conciso como jamás los he visto. Pero, claro, la cosa tenía truco... Me explayo en la segunda pregunta. Contesto todo lo que llevo en mente, todo lo que soy capaz de procesar y aplicar a la práctica. Y al terminar el profesor dice que no era necesario tanto, que no sabe si podrá dármelo por bueno. "Pero si yo lo he..." qué más da. 

 Después dos compañeras me abordan para hacerme mil preguntas que ni siquiera entiendo sobre el viaje de fin de curso del año que viene. Como muchas otras veces suelto respuestas que elijo al azar. Ellas parecen satisfechas. Johnny cruza el pasillo y nos saluda (creo que tiene clase en 2º de Ciencias). Héster aparece de repente en la puerta de la cueva y me acerco a ella. La verdad es que ya no recuerdo de qué hemos estado hablando. 

En clase de Lengua: literatura de la posguerra. Bien.

De vuelta a casa, Lalu me comenta las posibles semejanzas entre los dirigentes políticos españoles y los dictadores del siglo XX (extrema derecha = fascismo, extrema izquierda = comunismo). No estoy segura de cómo la conversación ha llegado hasta estos límites. Decido terminarla. Vale, la mayoría de honrados lo justo, pero tampoco creo que merezcan tales insultos. Al menos de momento. Vamos, que no se puede hablar...

Dos idiotas, porque no se les puede llamar de otra forma, se meten con un compañero de clase. Qué se le va a hacer, los niñatos se creen superiores por nada. Suelto una borriquería que no escribiré, pues no me siento orgullosa de ello, y me largo. 

Sobre mi mesa descansan dos de mis libros del año que viene: Historia del Mundo Contemporáneo y Matemáticas Aplicadas a las Ciencias Sociales. Son muy gordos. Los hojeo (u ojeo) y veo cosas que me resultan raras, como jeroglíficos enigmáticos que nadie hasta ahora ha podido resolver. Justo por eso me atrae, porque es difícil, y la dificultad me excita. Me recuerdan a la Piedra de Rosetta, a Napoleón, a Carlos IV, a José I, a Goya y a un tal Fernando.

Termina una época, la realidad, el día a día de España de los últimos treinta y nueve años. Y, como siempre que algo acaba, debe haber un nuevo comienzo. Un comienzo incierto en este caso, confuso, indefinido, expectral. La bandera tricolor ondea en alrededor de sesenta puntos en todo el país. Bandera que siempre defendí, pero que ahora no me inspira la confianza que esperaba.

La fecha de hoy saldrá en los libros de Historia de dentro de años. O, como debería de ser pero no es porque los recortes no lo permiten, en el mío del año que viene. O en el dentro de dos.  

                                                                                                     —Reven

Bayona, 2 de junio de 2014