<<Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad>>
El otro día gran parte de nuestra mañana fue ocupada en hablar de viajes. Todo fuera quizá por el intento desesperado de relentizar comienzos y finales de clases, o tal vez sólo por matar el tiempo.
Mi cara descansa sobre mi mano derecha. Pongo todo mi empeño y mis ganas en escuchar qué se está discutiendo. Pero es inútil por momentos, así que finjo hacerlo de forma continua.
Dativo nos cuenta algo sobre el nazismo y, de repente, me viene a la cabeza la imagen de Heydrich, seguida de la película que estuve viendo la tarde anterior. ¿En qué estaría pensando? Sea lo que sea, pronto se desintegra.
La puerta está abierta. Mi mente vaga por el pasillo de la cueva. Busco algo, pero no sé el qué. De repente encuentro la voz de Johnny, entre las olas de silencio y de murmullos lejanos. Está en la clase contígua a la cueva. Trato de entender qué dice sin éxito. No consigo distinguir ninguna palabra.
Intento regresar. Quizá concentrarme en las palabras que se escapan de la boca del profesor me ayude. Durante un rato funciona, no obstante pronto dejo de oír los sonidos que emite su difragma —jamás sus cuerdas vocales— y me embobo con el movimiento de su mandíbula. Me percato de las canas de su barba. Nunca le había visto tantas.
Mi mente está gris, como una mañana nublada y no consigue distinguir color latente. Todo es blanco o negro... o gris. De repente recuerdo algo que una compañera me dijo esta mañana en el laboratorio, en Biología, frente a la Sala Onírica: <<¡Anda! Eres zurda, como Dee Dee>>. Sonrío.
La mezcla de sensaciones grises se ve alterada. Distingo un leve pigmento de color en la penúltima ventana del pasillo. Verde manzana con blanco. El matiz.
Vuelvo a escuchar a Johnny y, rápidamente, recorro a ciegas el pasillo de nuevo, rebobinando. Vuelvo oír a Dativo. Porque me imagino que Dee Dee está cerca. Lo siento cerca, aunque no hallo explicación. Pero no me importa.
—Reven
jueves, 3 de abril de 2014
martes, 1 de abril de 2014
Desde antes de que pueda recordar
Se acerca poco a poco el momento de vestirme nuevamente de blanco y azul o rosa. El momento de clavar el broche en el lazo que adorna el bajo de mi espalda y de coronarme con flores y perlas. De sentir mi pelo resplandecer con el brillo del sol (aquel que prometí no mirar). De coger las castañuelas y marcarle a mis pies el ritmo al que deben avanzar. De sentirme una muñeca otra vez.
Como hizo mi hermana, como hizo Nené, como hará Sophie cada renacer del mes de mayo. Como llevo haciendo yo misma, desde que tengo memoria. Desde antes de que pueda recordar.
Ahora, al borde de los dieciséis, siento que se acerca el momento que siempre me negué a traer a mi mente. Siempre supe que lo rehuiría hasta el extremo. Pero jamás pensé que tardase tan poco en llegar.
Todo cuento, toda etapa, tiene su desenlace. Debería estar preparada. No obstante odio tener que mentalizarme, aunque no pueda haber vuelta atrás. Ha llegado el momento: mi paso por la danza llega a su fin.
Ojalá pudiera detener el tiempo justo ahora. Cuando estoy a punto de escribir mi último dicho, antes de tener que recitarlo. Antes de que mis ojos devuelvan al Cristo las aguas de su pozo. Ahora que mis últimos ensayos inundan mi tiempo, y los bailes mis pensamientos.
Llega el momento de ser fuerte. Nunca me han gustado las despedidas. Sin embargo esta es simplemente parcial, porque mi alma no vacilaré en esta cuestión. Cuando una nace danzanta lo es para siempre. Y, aunque no esté presente, mi niña interior volverá a vestirse de blanco cada mayo. Cada mayo.
Antes de que todo termine para mí quiero asegurarme de tener al perfecto testigo cuando inunde la iglesia con mis palabras. Cuando mis ojos reciten versos de lágrimas.
Sí, es la hora de dejar paso a mis sucesoras. Ahora será la jota quien luchará por aprender a bailar en mi memoria.
—Reven
Como hizo mi hermana, como hizo Nené, como hará Sophie cada renacer del mes de mayo. Como llevo haciendo yo misma, desde que tengo memoria. Desde antes de que pueda recordar.
Ahora, al borde de los dieciséis, siento que se acerca el momento que siempre me negué a traer a mi mente. Siempre supe que lo rehuiría hasta el extremo. Pero jamás pensé que tardase tan poco en llegar.
Todo cuento, toda etapa, tiene su desenlace. Debería estar preparada. No obstante odio tener que mentalizarme, aunque no pueda haber vuelta atrás. Ha llegado el momento: mi paso por la danza llega a su fin.
Ojalá pudiera detener el tiempo justo ahora. Cuando estoy a punto de escribir mi último dicho, antes de tener que recitarlo. Antes de que mis ojos devuelvan al Cristo las aguas de su pozo. Ahora que mis últimos ensayos inundan mi tiempo, y los bailes mis pensamientos.
Llega el momento de ser fuerte. Nunca me han gustado las despedidas. Sin embargo esta es simplemente parcial, porque mi alma no vacilaré en esta cuestión. Cuando una nace danzanta lo es para siempre. Y, aunque no esté presente, mi niña interior volverá a vestirse de blanco cada mayo. Cada mayo.
Antes de que todo termine para mí quiero asegurarme de tener al perfecto testigo cuando inunde la iglesia con mis palabras. Cuando mis ojos reciten versos de lágrimas.
Sí, es la hora de dejar paso a mis sucesoras. Ahora será la jota quien luchará por aprender a bailar en mi memoria.
—Reven
lunes, 31 de marzo de 2014
Esquina de Crisálidas
El cariño que incita al gesto, a la mirada me exalta y me electriza. Me ruboriza y devuelve a mis tripas y a mi costado la vida. Abre las crisálidas de los gusanos que pudieron pudrirme y los convierte en mariposas. Y ellas clavan sus alfileres por mis entrañas, y me acarician con sus alas para que el efecto se torne más abrumador.
¿Y por qué? El aliento taciturno se ha extinguido. Solo camino con fuerzas, con ganas. De cara al viento y sin escapar. Ya no me encuentro sola conmigo misma.
¿Y por qué? En cierto momento escucho una voz sanadora que me reanima. Necesito correr y corro de alegría hasta poner los latidos de mi cuerpo al ritmo de mi pulso.
¿Y por qué? Para mi sorpresa: estoy viva.
Late, corazón... No todo
se lo ha tragado la tierra.
—Reven
¿Y por qué? El aliento taciturno se ha extinguido. Solo camino con fuerzas, con ganas. De cara al viento y sin escapar. Ya no me encuentro sola conmigo misma.
¿Y por qué? En cierto momento escucho una voz sanadora que me reanima. Necesito correr y corro de alegría hasta poner los latidos de mi cuerpo al ritmo de mi pulso.
¿Y por qué? Para mi sorpresa: estoy viva.
Late, corazón... No todo
se lo ha tragado la tierra.
—Reven
jueves, 27 de marzo de 2014
Algún día lejano del infinito
En las eternidades remotas de las interminables tardes de domingo mi tiempo se consume lenta y cruelmente. Y nada parece animarme. Ni hace que me sienta mejor. O no lo haría, de no ser por ti.
En mi rostro triste nace una sonrisa cuando escucho gruñir la puerta y te veo aparecer de la mano del ángel rubio que siempre me tuvo enamorada. Porque tanto tú como Sophie me hacéis más feliz. Y ambas, a la par que pasa el tiempo, me vais enseñando mil cosas tan importantes como respirar.
Tú me apoyaste hasta en el plan más loco que a mi mente peculiar se le ocurrió idear. Me apoyaste aún después de que yo confiara en el infierno. Aún habiéndolo conocido. Pero jamás me replicaste cuando la tormenta estalló. Al contrario. Me enseñaste a seguir y a quedarme con el lado bueno.
Sophie me enseña a crecer. A madurar mientras vuelvo a jugar como una niña. Y me devuelve las ganas de creer en la magia.
Cada año te escribo mensajes dulces y cariñosos desde el mismo banco del pasillo de la planta baja del instituto. Cada año con el mismo amor. Cada año más orgullosa de poder hacerlo. Pero esta vez decido romper los esquemas de la tradición, pues dices ser mi mayor admiradora, siendo yo tu escritora favorita. Y no sabes que en realidad soy yo quien te venera a ti. Quien siempre te observó maravillada y deseosa de ser como tú. Y que gracias a ti hoy soy como soy. Solo espero poder llegar a compensarte.
Algún día lejano del infinito. Quizá entonces lo consiga.
Felicidades, Nené.
—Reven
En mi rostro triste nace una sonrisa cuando escucho gruñir la puerta y te veo aparecer de la mano del ángel rubio que siempre me tuvo enamorada. Porque tanto tú como Sophie me hacéis más feliz. Y ambas, a la par que pasa el tiempo, me vais enseñando mil cosas tan importantes como respirar.
Tú me apoyaste hasta en el plan más loco que a mi mente peculiar se le ocurrió idear. Me apoyaste aún después de que yo confiara en el infierno. Aún habiéndolo conocido. Pero jamás me replicaste cuando la tormenta estalló. Al contrario. Me enseñaste a seguir y a quedarme con el lado bueno.
Sophie me enseña a crecer. A madurar mientras vuelvo a jugar como una niña. Y me devuelve las ganas de creer en la magia.
Cada año te escribo mensajes dulces y cariñosos desde el mismo banco del pasillo de la planta baja del instituto. Cada año con el mismo amor. Cada año más orgullosa de poder hacerlo. Pero esta vez decido romper los esquemas de la tradición, pues dices ser mi mayor admiradora, siendo yo tu escritora favorita. Y no sabes que en realidad soy yo quien te venera a ti. Quien siempre te observó maravillada y deseosa de ser como tú. Y que gracias a ti hoy soy como soy. Solo espero poder llegar a compensarte.
Algún día lejano del infinito. Quizá entonces lo consiga.
Felicidades, Nené.
—Reven
martes, 25 de marzo de 2014
Alles Gute zum Geburtstag
No. Hoy no podía faltar.
Ser la primera —o una de ellas— en felicitarte me hacía ilusión, y tú me pediste que así fuera cuando mi tendencia divergente acechaba. Aunque soy consciente de que, en ocasiones, unos recuerdos cubren la fugacidad de otros.
Dudo que puedas recordarlo todo, como yo. Yo soy, en ocasiones, la memoria interna de un disco duro que almacena datos de mil categorías. Tan grandes como puntos claves de la Historia. Tan pequeñas como el grado de curvatura de una sonrisa. Pero todas igual de importantes. Yo, que mil veces olvido hasta mi nombre. Yo, que cuando cojo papel y lápiz me olvido hasta de respirar.
A veces no distingo una caricia del cosquilleo de una puñalada. Por eso quise regalarte la sintonía de contrastes que para mí representa la primavera. Porque adoro el frío extremo y los campos de flores. Porque esa fue mi primera visión de un entorno soleado. Porque sé que te encanta ese cuadro.
Y de verdad, Johnny, me fascina El otro lado. Me fascina que exista alguien más en el mundo capaz de ver lo que el propio mundo ignora.
Ni La Primavera nació en mi mente ni soy creadora de sensaciones. Pero es lo mejor que puedo regalarte de mí: mis dibujos y mis palabras.
Felicidades.
—Reven
Ser la primera —o una de ellas— en felicitarte me hacía ilusión, y tú me pediste que así fuera cuando mi tendencia divergente acechaba. Aunque soy consciente de que, en ocasiones, unos recuerdos cubren la fugacidad de otros.
Dudo que puedas recordarlo todo, como yo. Yo soy, en ocasiones, la memoria interna de un disco duro que almacena datos de mil categorías. Tan grandes como puntos claves de la Historia. Tan pequeñas como el grado de curvatura de una sonrisa. Pero todas igual de importantes. Yo, que mil veces olvido hasta mi nombre. Yo, que cuando cojo papel y lápiz me olvido hasta de respirar.
A veces no distingo una caricia del cosquilleo de una puñalada. Por eso quise regalarte la sintonía de contrastes que para mí representa la primavera. Porque adoro el frío extremo y los campos de flores. Porque esa fue mi primera visión de un entorno soleado. Porque sé que te encanta ese cuadro.
Y de verdad, Johnny, me fascina El otro lado. Me fascina que exista alguien más en el mundo capaz de ver lo que el propio mundo ignora.
Ni La Primavera nació en mi mente ni soy creadora de sensaciones. Pero es lo mejor que puedo regalarte de mí: mis dibujos y mis palabras.
Felicidades.
—Reven
A la urbanidad egoísta
Regreso a la magia sin ser libre. Sin poder soñar, sin poder saborear Madrid y su urbanidad. Solamente he podido respirar témpanos de hielo de su atmósfera. Más invierno que primavera. Más sueño que realidad.
Hoy por hoy nace una época en la que las ciudades parecen sangre egoísta. Glóbulos rojos con dos tipos de antígenos, de colonizadores, sin ningún anticuerpo. Sin Rh+. Lugares perdidos en el tiempo y la memoria. Lugares para mis delirios. Lugares que dan cobijo al mundo. A la urbanidad egoísta. Y la sangre viene a cuento cuando palpita y llama. Cuando electriza.
Cuando se refiere a meras condiciones. Cuando ya no hay lugar para las casualidades.
Desearía seguir siendo un enigma. Para mí misma. Para los demás. Supongo que no siempre hay lugar para esconderse. Supogo que hay veces en las que todo está escrito para aquellos capaces de ver sin mirar.
Supongo que ciertas certezas son verídicas únicamente para unos pocos. Supongo que esos pocos entenderían estas palabras.
(A Ludwig, por dar cuerpo a sus palabras)
—Reven
Hoy por hoy nace una época en la que las ciudades parecen sangre egoísta. Glóbulos rojos con dos tipos de antígenos, de colonizadores, sin ningún anticuerpo. Sin Rh+. Lugares perdidos en el tiempo y la memoria. Lugares para mis delirios. Lugares que dan cobijo al mundo. A la urbanidad egoísta. Y la sangre viene a cuento cuando palpita y llama. Cuando electriza.
Cuando se refiere a meras condiciones. Cuando ya no hay lugar para las casualidades.
Desearía seguir siendo un enigma. Para mí misma. Para los demás. Supongo que no siempre hay lugar para esconderse. Supogo que hay veces en las que todo está escrito para aquellos capaces de ver sin mirar.
Supongo que ciertas certezas son verídicas únicamente para unos pocos. Supongo que esos pocos entenderían estas palabras.
(A Ludwig, por dar cuerpo a sus palabras)
—Reven
lunes, 24 de marzo de 2014
Aula C-31
Anoche estaba nerviosa, ya lo creo. Nuevamente vuelvo a permitírmelo. Después de todo, la ocasión lo merecía.
Tras horas y horas retocando la ocupación de mi tiempo y de mi vida, disuelta en intervalos diarios de cinco horas, me convenía dormir. O más bien intentarlo, pues un millar de mariposas decidió asentarse en mis tripas y clavarme sus patitas de alfiler durante toda la noche.
Mi pulso acelerado palpitaba incluso más deprisa de lo que avanzaban mis pies suplicantes por no llegar tarde a la parada de bus. Ni el más absoluto reposo podía calmarlo.
Durante horas el traicionero miocardio martilleó mi pecho y mi piel. Me obligaba a escribir más rápido, al son de la voz dictadora de problemas matemáticos que anhelan desesperadamente una solución. Y nosotros, como tontos, siempre dispuestos a brindársela. Sin importarnos si quiera el hecho de pasarnos media vida buscando la x. Sin reparar en que, una vez encontrada, siempre vuelve a perderse.
La sensación nervioso-dubitativa crece. Los alfileres se convierten de repente en cuchillos tan largos como mi antebrazo. Y el resultado se me clava fuertemente en las tripas, como si fuera una puñalada.
Y ni el propio estallido puede acallar mis gritos latentes. Ni puede apartar mi mirada de aquel punto lejano del infinito. Ni puede apagar mi sonrisa.
Como si fuera una puñalada.
—Reven
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